Las Celestiales de Miguel Otero Silva es una obra satírica capital en el devenir literario de Venezuela. Podríamos afirmar que es equiparable a Los Caprichos de Goya y al Diccionario del Diablo de Ambrose Bierce.

Miguel Otero Silva, un polígrafo de Venezuela
Miguel Otero Silva, un polígrafo de Venezuela

La agudeza literaria de Otero Silva no sólo se exhibe sin freno en la incendiaria parodia del discurso católico que es Las Celestiales, sino también en la aproximación poética a la figura de Jesucristo vertida en el texto novelístico de La piedra que era Cristo.

Ambos textos no sólo refieren el espíritu rojo y ateo de su autor (rebatido hoy por el insulso desencanto burgués de su hijo, Miguel Henrique, pésimo editor y peor editorialista del diario El Nacional), sino el apetito descarado del escritor por desmontar los discursos autorizados que sustentan el Poder vertical, mezquino y usurero que tritura sin clemencia a las mayorías.

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La literatura acomete la labor profética de promover e instaurar a cómo dé lugar la justicia social. Ya lo manifiesta ese vagabundo y borracho de Pito Pérez: “¡Pobre de los pobres! Yo les aconsejo que respeten siempre la ley, y que la cumplan, pero que se orinen en sus representantes”. Por supuesto, la ley hecha carne en la lucha revolucionaria de a de veras, no la propuesta por los grandes laboratorios de la propaganda periodística, historiográfica e ideológica que pretenden pervertirla y envilecerla.

El discurso diabólico, como ocurre con el habla salvaje y primaria de los niños y los locos, es un recurso insoslayable para atacar y poner en evidencia la fragilidad y la corrupción de un orden de cosas bizarro que ha invadido a los templos y las academias: La política de ultratumba, con sus cielos de algodón y sus infiernos carbonizados, engorda las finanzas vaticanas y protestantes, amén de proveer de carne fresca a curas y obispos pedófilos. La Iglesia está penetrada por la politiquería más árida, en tanto que las academias son el detritus de organizaciones religiosas que hacen acólitos con su verborrea terrorista y macabra. Es justa y necesaria la lucidez satánica para ir a contracorriente del imperio de la lasitud vital.

Las Celestiales de Miguel Otero Silva, este gran rosario inverso integrado por 25 coplas picantes y prevaricadoras, tuvo dos ediciones: la primera de 1965, firmada con el pseudónimo doble de Iñaki de Errandonea (el propio autor), Sacerdote Jesuita, como compilador y comentarista, además de Fray Joseba Escucarreta (alias Pedro León Zapata), S.J., en tanto ilustrador que caricaturiza a santos y mártires. Fue una bomba que estalló simultáneamente en la meritita cara de la histérica feligresía y en las barbas remojadas de la anquilosada jerarquía católica. Valga la desaprobación del Cardenal José Humberto Quintero en el momento de su aparición.

Primera edición de Las Celestiales (1965)

La segunda edición data de 1974, Ediciones de José Agustín Catalá, la cual agrega un prefacio de Miguel Otero Silva en carne y hueso que simula una apología exquisita de tan vituperado texto diabólico. Las Celestiales constituye un ejercicio híbrido a la par de referentes notables como Borges [El Evangelio según San Marcos] e incluso Héctor Murena [La última Cena]: La copla, destacada en negritas y caracteres gigantes, se fusiona con la prosa dialógica que se regodea en la impostura, el humor negro y una apasionada óptica crítica de la Historia de la Iglesia Católica.

Segunda Edición de Las Celestiales (1974)

El Papado ha sido la alcabala religiosa que tan sólo merece un jalón de papada aparejado con la carcajada del vulgo: “Al Papa Ruperto Doce / ni lo menciona la Historia, / porque se cagó una noche / en la Silla Gestatoria”. En este fetiche, nada que ver con la estupenda silla de Van Gogh, queda al descubierto el culo y los cojones del Papa electo, pues el colegio cardenalicio debe templar las dos bolitas para evitar que otra Juana la Papisa escarnezca tan sagrada institución machista.

Fetichismo y escatología van de la mano en lo que toca a la crítica del catolicismo, a los fines de configurar un intervalo estético y apóstata que nos retrotrae a Rabelais, el Decamerón de Boccaccio y Pasolini, el Nazarín de Galdós y Buñuel, el Satiricón de Petronio y Fellini e incluso el crucifijo inverso del cura Carlos Borges que lame y eyacula el voluptuoso cuerpo femenino. Qué decir de los prejuicios y mitos urbanos que aún despierta la orden jesuítica, suponemos entonces una dulce venganza de parte de ambos coautores: “Hiciste lo que quisiste, / San Ignacio de Loyola, / pero quisiste ser Papa / y te pisaste una bola”. ¿Acaso el Papa Francisco reivindica históricamente a San Ignacio?

Las Celestiales de Miguel Otero Silva vincula el Carnaval y la Cuaresma por vía de un puente que atravesamos entre la diversión y la apostasía. No se inquieten los católicos ni los ateos de buena voluntad, pues su sed de verdadera justicia humanista se verá recompensada en tan estupendas y traviesas páginas.

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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