Recordando esos días de «Lucha Libre» los sábados por la noche

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José, el imaginario protagonista de esta historia tiene entre  8 y 9 años de edad, yvive en Caracas. Cierta vez, al caer la noche, su mamá sintió cómo la tranquilidad habitual que suele reinar en su hogar era rota de manera abrupta al escuchar un estruendo, cuyo sonido venía directamente de la sala.

 

Al acercarse para constatar que sucedía, se asustó al ver el rostro de José lleno de ira, con los ojos desencajados, sudoroso y balbuceando muy alto palabras ininteligibles.

 

El joven alzaba por sobre su cabeza, una silla mucho más grande que él la cual lanzaba al piso, una y otra vez, aparentemente sin esfuerzo alguno. José se encontraba frente al televisor, notablemente furioso y fuera de sí, el caso era que, “El Dragón Chino le había echado en los ojos “la sustancia peligrosa” al Doctor Nelson y lo tenía aprisionado con una llave”. Por fortuna,  Doctor Nelson se logró zafar y le aplicó la temible y muy famosa “doble Nelson” al contrincante, dejándolo inutilizado, era esa la situación que frustraba al joven José.

 

Los sábados en la noche eran  más que de fiesta, sagrados para José, pues CVTV  Canal 8 transmitía, en vivo y en directo, la lucha libre, mejor conocida en aquella época como “Catch as catch can” (juego de palabras en inglés que significa algo así como “agárralo como puedas”) con la animación del talentoso Antonio del Nogal.

 

 

José no se la perdía por nada del mundo, ya que por ser menor de edad no podía asistir a las peleas que se daban en el Nuevo Circo. Cada vez que veía los carteles pegados en las paredes en la calle lamentaba su mala suerte. Cuántas buenas peleas animaron sus noches infantiles, encendiendo su febril imaginación donde era un luchador más pero era también el invencible.

 

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A pesar de que los combates eran preparados para que los luchadores no se lastimaran, aunque a veces sucedía, nada empañaba la ilusión de que se asistía a un verdadero enfrentamiento entre colosos de la lucha, exigiendo sus mejores técnicas de combate cuerpo a cuerpo, en un espectáculo que realmente arrastraba a mucha fanaticada.

 

La lucha libre era un mundo mágico donde la fantasía se podía hacer realidad. Los luchadores se clasificaban en “sucios” y “limpios”, los que violaban las reglas flagrantemente, y los que se apegaban a ellas, casi con obsesión.

 

José, por supuesto, estaba con estos últimos, aunque los primeros tenían sin duda las máscaras y disfraces más originales y llamativos, además, como buenos “sucios” que se hacían llamar, usaban accesorios que no estaban permitidos.

 

Recordando esos días de "Lucha Libre" o "Catch as catch can" los sábados por la noche

 

Las infaltables máscaras, que portaban tanto buenos como malos, eran muy originales, conferían un toque de anonimato y misterio que mantenían el interés de los espectadores. La peor humillación que podía sufrir un luchador es que un contendiente luego de haberlo vencido en combate, le quitara la máscara sobre el ring, eso equivalía sin lugar a duda a la muerte pues exponía su verdadera identidad, cosa que echaría por tierra su suerte.

 

Las peleas eran verdaderos espectáculos circenses donde toda clase de demostraciones físicas; malabarismo, contorsionismo, equilibrismo, saltos “mortales” pero también grandes dosis de histrionismo, como amenazas, gritos y gestos de agresividad, se mostraban como parte del atractivo show que atrae a miles.

A veces los luchadores salían disparados del ring y se perseguían entre el público, haciendo volar las sillas.

O se montaban sobre las sogas y se lanzaban sobre los contendores en caída libre. En ocasiones hasta la emprendían con el pobre árbitro(que muchas veces eran también un luchador disfrazado).

 

Era todo un teatro donde los espectadores gozaban un mundo, o ¿por qué no? el sistema solar completo.

 

 

Recordando esos días de "Lucha Libre" o "Catch as catch can" los sábados por la nocheLos ídolos del joven José eran Bassil Batah, que luchaba de manera desafiante a cara descubierta, El Santo y Blue Demon, pero había muchos más como El Chiclayano, Dark Búfalo, Renato el Hermoso, El Fantasma, Iván el Exótico, El Gran Jacobo, El Indio Apache, Bernardino Lamarca, El Gorila Australiano, El Sabatista, El Calvo Bielsa, El Guanche Canario, Ulisés el Galán, El Griego Nikos Petrou, Black Diablo e increíblemente una mujer; “La dama de las cadenas”, que era del popular barrio caraqueño El Guarataro, el inigualable “Lotario”, “King Salvaje” quien se caracterizaba por llegar al cuadrilátero mordiendo, emulando la actitud de un cavernícola, un pedazo de carne cruda.

 

El luchador Heney Awed fue un destacado deportista y precursor de la lucha libre en el país, y formó a luchadores como los hermanos Batah, Bassil y Jorge, de origen libanés, que fueron reconocidos combatientes en su época y por mucho tiempo respetables comerciantes. Ellos fueron los creadores de la electrizante y aniquiladora  “pinza libanesa”, una llave ejecutada con las piernas que inmovilizaba al oponente, quien desesperado por la falta de aire, optaba por rendirse sin remedio.

 

 

Bassil había llegado a Venezuela en 1952 y debutó en 1958, al enfrentarse a un luchador llamado “El Andarín”.

 

Cuando la lucha libre dejó de transmitirse por televisión, fue grande  la  pena  que embargo el corazón de José quien solo halló consuelo viendo películas mexicanas en los ya viejos cines parroquiales del centro de Caracas.

 

Las que más le gustaban eran aquellas en las que salían juntos Blue Demon y El Santo y se enfrentaban al doctor Frankenstein, Drácula y el hombre lobo u otra terrorífica llamada Las momias de Guanajuato, donde peleaban contra guerreros aztecas. También compraba los suplementos mexicanos de legendarios luchadores, impresos en tonos sepia, que hoy son solo pasión de coleccionistas.

 

Muchos de los viejos héroes de antaño, aquellos ágiles enmascarados que eran mejores que los superhéroes de los comics porque no tenían poderes sobrenaturales. Muy pocos figuran en los salones de la fama del deporte. Sin embargo, tienen su sitial asegurado en el podio dorado de los mejores recuerdos de la infancia de niños como José.

 

 

Ciudad VLC/José Becerra

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