Simone de Beauvoir dice: “Hombres y mujeres hubo siempre, lo son por su estructura fisiológica. No fue un acontecimiento social el que los determinó”.

Estos elementos biológicos son de enorme importancia: desempeñan en la historia de la mujer un papel de primer plano, son un elemento esencial de su situación. Dado que el cuerpo es el instrumento que tenemos para relacionarnos con el mundo, el mundo se presenta muy diferente en función de que lo vivamos de una manera o de otra. Lo que rechazamos es la idea de que constituyan para las mujeres un destino predeterminado y no la condenan a conservar para siempre este papel subordinado.

La información que nos dan los etnógrafos sobre las formas primitivas de la sociedad humana es terriblemente contradictoria y es difícil hacerse una idea de la situación de la mujer durante el período que precedió al de la agricultura. Parece, no obstante, que en muchos casos las mujeres eran bastante robustas y bastantes resistentes para participar en las expediciones guerreras.

 

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Heródoto escribió sobre las tradiciones de las amazonas de Dahomey y muchos otros testimonios antiguos o modernos. Sostuvo que las mujeres pudieron tomar parte en guerras o en sangrientas expediciones de castigo; desplegaban en ellas tanto valor y crueldad como los varones: se ha dicho que algunas mordían a sus enemigos en el hígado.

A pesar de todo, es probable que, entonces como ahora, los hombres tuvieran el privilegio de la fuerza física. En todo caso, por muy robustas que fueran las mujeres en la lucha contra el mundo hostil, las servidumbres de la reproducción representaban para ellas un terrible obstáculo: se cuenta que las amazonas mutilaban sus senos, lo que significa que, al menos durante el período de su vida guerrera, rechazaban la maternidad.

Otros historiadores pretenden que esta es la fase en la que la superioridad del varón estuvo menos marcada. Cuando los nómadas se fijan a la tierra y se convierten en agricultores, vemos que aparecen las instituciones y el derecho. En las comunidades agrícolas, la mujer está a menudo revestida de un prestigio inmenso. Ese prestigio se explica básicamente por la nueva importancia que toma el hijo en una civilización basada en el trabajo de la tierra; al instalarse en un territorio, los hombres se lo apropian; en una forma colectiva, aparece la propiedad, exige sus poseedores una posteridad; y la maternidad pasa a ser una función sagrada.

 

Ester Kandel/Argentina

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