Clásicos Venezolanos (24): Luis Belmonte se refiere a su poemario «Inútil Registro» como un título imprescindible de la literatura venezolana. JCDN.

Inútil registro (1998) de Luis Enrique Belmonte configura la bitácora vivaz de un viaje peripatético al corazón de las tinieblas, por supuesto, distante del tono terrorista de la novela de Conrad. En esto coincidimos con Daniel Molina y luego con Francisca Noguerol Jiménez: Vencer los vericuetos de la escritura poética, haciendo caso omiso de la grandilocuencia academicista y la ampulosidad del estilo.

La poesía adversa a una visión simplista y ruidosa del entorno, pues el extravío decaería en garrafal equívoco que nos haría encallar en la ciénaga. Se trata entonces de la pérdida del rumbo unívoco y convencional que describen San Juan de la Cruz, Teófilo Tortolero e incluso Luis Enrique Belmonte, sin importar que nos haya abandonado el ganado, el tren o el navío estulto respectivamente.

Por esta y más razones, consideramos este y otros poemarios de Luis Belmonte como títulos dignos de consolidarse en nuestro Canon heterodoxo de la literatura venezolana. Qué importa que el poeta Belmonte sea tan joven para ser un clásico literario del país.

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No es gratuita la alusión cómplice a otras voces de la literatura universal: los ensayos de Susan Sontag en torno al dolor de los demás; el curioso clima apocalíptico e incestuoso de la Casa Tomada de Julio Cortázar; los balances detallados del poeta brasileño Carlos Néjar; la recreación gris y alquitranada del fracaso que es el poema “El Viejo” de Cavafis; las parábolas bíblicas o el Infierno según Héctor Murena.

El corazón no sólo es un delator insomne sino, mejor aún, el instrumento que ausculta terca y respetuosamente la escritura del otro, de tal manera que el Amor Loco –más allá de la referencia culterana- construya permanentemente una comunidad artística asimilable a la Colmena laboriosa y al barco alienado [o colonia psiquiátrica] al mismo tiempo, enclave duplo desde donde se recomponga una “mínima épica cotidiana / del rutinario desaparecer entre las sombras”.

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La audacia escritural propia necesita de una lectura crítica y atenta del otro, eso sí, a contracorriente de la veneración fútil del santoral literario o la devoción ciega a un Canon edificado en el discurso vertical del Poder. Por tal razón, el represivo inventario canónigo de los libros del Quijote se reconvierte en un pasaje poético muy personal: “Con el perdón por el inventario, / lo que se cuece no es un catálogo / más o menos anecdótico de lo que hicimos / o dejamos de hacer, sino más bien el invisible acento / de lo que nos acecha con sigilo, / la voz que pregunta por nuestra maqueta / después de haber perdido las manos / en un naufragio de días que se alejan boquiabiertos”.

La singladura o el rumbo descocado de la nave no prescinde de la sirga que la vincule a la tierra: “no podíamos soltar las naves, quemarlas / o dejarlas evaporarse con el frasco de colonia”. La lectura y, en especial, la relectura son instancias traviesas que afinan la captación y ulterior escritura del mundo opresivo y bien amado.

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Nos llama poderosamente la atención que esta contrapropuesta poética fuese seleccionada en 2007 como libro de lectura sugerida para el segundo ciclo de la Educación Secundaria Obligatoria en España. Esta es, si se quiere, una pírrica victoria de la literatura auténtica o una burla despiadada que se tributa la burocracia educativa a sí misma y sin quererlo.

Estos preciosos versos nos confirman su sazón irónica reñida con la castradora formalidad escolar: “En cualquier momento podríamos abrir los ojos / y después cerrarlos y seguir durmiendo, sin sospechar / que la puerta estuvo entreabierta un instante / y una pradera amarilla estaba esperándonos”.

Los resortes y muelles que enmohecen al Ser en el imperativo pequeñoburgués del “deber ser”, evidencian la pusilanimidad del Dios tutelar que creó a un Adán Mecánico [¿réplica o replicante?] a su imagen y semejanza.

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

 

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