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El inicio de una nueva temporada de Grandes Ligas, y la consabida expectativa que la caprichosa pelota de spalding genera en Venezuela, Asia y El Caribe, confirma al beisbol, como poderoso vehículo de identificación en nuestra sociedad, provocando genuina pasión popular en niños, jóvenes y adultos.

 

El amor hacia la pelota, “se mama” desde chamo, en el proceso de socialización primaria, una etapa donde se marca a fuego, todo lo que se aprende.

 

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Por eso, los fanáticos podrán cambiar de pareja, pero jamás de equipo. Lo atractivo del beisbol, es que la gente se siente protagonista. Sobre todo quien acude a los estadios. No es una adhesión similar al espectador de cine o teatro.

 

Hay un pensamiento general: Si viste o escuchaste un partido completo, así sea por televisión o radio, tienes la sensación que algo mágico sucedió en tu vida. Los fanáticos responden “ganamos” o “perdimos” en primera persona del plural.

 

Se produce un fortísimo sentimiento de identidad con la escuadra de tus amores, una maravillosa continuidad o “pacto secreto” entre los jugadores y la gente. Llegan a compartir una infinidad de códigos filosóficos existenciales, vivenciales y deportivos. La identidad de los equipos se refuerza por las comunidades.

El beisbol es una subcultura dentro de la sociedad, con reglas y normas puntuales. A su vez, genera distintos tipos de grupos.

 

Cada equipo tiene su propia sub-cultura, con características determinadas. No es lo mismo una institución nacida en grandes y populosas orbes, como Yanquis de Nueva York o Medias Rojas de Boston, que una nacida en ciudades pequeñas como Orioles de Baltimore.

 

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Las Grandes Ligas se tornan en una especie de comodín cotidiano. Cuando se acaban los temas de conversación, surge como por acto de magia el tema del beisbol. Muchas personas, hartas de su rutinario trabajo, con una gran cantidad de problemas familiares a cuestas, se inclinan hacia el beisbol como eficaz válvula de escape, siendo fácil “engancharse” en su magia.

 

 

Y aún sabiendo poco de este lindo deporte, nos atrevemos a opinar sobre tal o cual jugador o estrategia de juego.

 

Fanáticos presumen de la grandeza de su novena 

No existe fanático en la faz de la Tierra, que no presuma de la grandeza de su novena. Ni de su fuerza al bate o la calidad de sus lanzadores. El fanático beisbolero cree que su equipo “es lo máximo”, porque también es así la pasión por sus colores.

 

Unos presumen de ser mayoría, otros se conforman con el tamaño de su amor. Entre estos y aquellos, se crea un hermoso mundo, transformado en soberbio abanico de colores, logos, historias deportivas y sentimientos, capaces de acelerar los latidos del corazón.

 

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Llegó la hora de ponernos la gorra o franela de nuestro equipo favorito, porque los umpiers emitieron el ansiado sonido de “play ball” en las Mayores.

 

 

El beisbol como impresionante fenómeno cultural

Pero también cabe preguntarnos los significados del beisbol en la vida de los fanáticos. ¿Una novela con sobrecarga de emociones entrañablemente fuertes?, ¿Un laberinto de pasiones incendiarias?, ¿Una historia atrapante con perfiles heroicos?, ¿Un recorrido a la noche de las noches y a los senderos del placer?, ¿Un relato de Ciencia Ficción, atado a mil aventuras con final abierto? Todo eso, y quizás mucho más.

 

 

Porque el beisbol, reconocido mundialmente como impresionante fenómeno cultural, permite la ilusión de cobijar nada menos que a la desmesura y la magia. Y allí, en ese mundo de fantasías, realidades incontrastables y utopías genuinas, hasta los sueños son posibles. Hasta lo inesperado se torna viable.

La memoria colectiva dirá que acaba de comenzar “con todos los hierros”, la temporada de Grandes Ligas 2019.

 

Esa misma memoria colectiva, también dirá, que los fanáticos unirán historias para completar una inolvidable obra maestra del deporte, que puede ser novela, relato, cuento, anécdota, laberinto, juego, cielo o infierno, mientras se regodean en el placer causado por la pelotica de spalding. Verdadero placer de Dioses.

 

Y no hay derecho, a que ningún millonario dirigente capitalista, mafioso magnate propietario de emporios mediáticos o triste comisionado de beisbol y su pandilla de secuaces, pretenda tapar el cielo con las manos.

 

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Mientras tanto, la camada de jugadores criollos, están más vivos y ansiosos que nunca.

 

Sedientos de glorias sin tiempo. Encendidas por el fuego de arriba y las brasas de abajo. Porque es allí, en los diamantes de juego, donde germinan las ilusiones que impactan de lleno en corazones trepidantes.

 

Allí, donde Ronald Acuña Jr trabajará incansablemente para convertirse en el segundo pelotero venezolano de la historia, en impulsar más de cien carreras en sus dos primeras campañas en las Mayores, y ratificar sus credenciales como potencial 30-30.

 

Allí donde Miguel “El Papa” Cabrera, erigido en ídolo máximo de Detroit, buscará redondear otra temporada de antología, que lo catapulte definitivamente al templo de los inmortales.

 

Allí donde el magallanero José Altuve se proclama incompetente para frenar el escalofrío que seguramente recorre su epidermis, al constatar el apoyo incondicional de los fanáticos de Astros, que lo vitorean a rabiar, luego de cada turno al bate.

 

Allí donde Pablo Sandoval, ahora redimido con Gigantes, festeja sin rencores ni revanchas su nuevo rol de utility, sabiendo que tiene todo a su alcance para triunfar nuevamente en la Gran Carpa.

 

 

Es verdad, el corazón esgrime razones que la razón no entiende. Y a los amantes al beisbol, les sobra reconocerse como fanáticos. Así como suena. Sin artículo y bien adjetivo. Una definición redonda como la pelota de spalding. Un sentimiento sin doble lectura.

Finalizamos la presente columna, retrasada por efectos del macabro saboteo eléctrico imperial, provocado desde Washington por Trump, y avalado por vende-patrias y ladrones como “El Autoproclamado” y su pandilla de secuaces, con una reflexión del polémico y legendario Ty Cobb: “Siempre hay más deleite en la esperanza, que en el disfrute”.

 

 

 

 

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Ciudad VLC/Claudio González Luna

 

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