¿Qué releer? (3): El lugar sin límites se trata de una reseña e invitación a la relectura de esta novela del chileno José Donoso. JCDN. 

José Donoso escribió la noveleta de aproximadamente 80 páginas [indudable joya del género en Latinoamérica] para sacudirse un período de esterilidad creativa, lo cual facilitaría asimismo la redacción y publicación ulterior de su tercera novela “El obsceno pájaro de la noche” (1970). Estructurada en doce capítulos, tiene como pivote marginal a Manuela, el antihéroe travestido, acosado por la represión sexual, psicológica y social del entorno.

El aparente minimalismo de la anécdota muta en una épica desmitologizada de la desesperanza. A tal respecto, Hugo Achugar concluye que “La novedad o el atractivo de esta novela no consiste en hacer ingresar un personaje o una temática relativamente inédita en la narrativa latinoamericana sino en su propia estructuración y en su escritura” (Donoso, 1990, p. XVII).

La perspectiva omnisciente, la cual simula un tenor objetivo, se deja acompañar e invadir por las voces de algunos personajes que rumian su miseria al desnudo. La fusión atribulada de los puntos de vista narrativos se realiza en el discurso inmediato, documentalista y áspero del discurso novelístico.

Estación El Olivo constituye el lugar sin límites de la tragedia que involucró a Manuela, su hija la Japonesita y su victimario acosador Pancho Vega: “El Olivo no es más que un desorden de casas ruinosas sitiado por la geometría de las viñas que parece que van a tragárselo” (Donoso, 1990, p. 24). El pueblo se debate entre la sobrevivencia y el desalojo a raíz de los caprichos e intereses de Don Alejandro, senador y terrateniente todopoderoso.

La arquitectónica dispareja, vertical y omnímoda del Poder rural condiciona la precariedad y decadencia ineludibles del poblado y sus habitantes, carenciados de servicios públicos básicos como la electricidad y sitiados en el patio trasero del latifundio: “Y durante la vendimia el olor a vino invadía al pueblo entero y después, el resto de año, quedaban los montones de orujo pudriéndose en las puertas de las bodegas. Asco. Ella [la Japonesita] tiene ese mismo olor a vino, como los hombres, como las putas, como el pueblo” (Donoso, 1990, p. 66).

El lupanar es el enclave espacial, focalizado y estético del pueblo, no en balde ser una de las últimas casas por adquirir y derrumbar a expensas del imperio feudal de Don Alejandro: Esta metáfora del Infierno en la Tierra tiene como cortina raída y descolorida la cultura popular del bolero y el tango que subliman el hambre y el desamor.

La inmediatez de la prosa, al igual que el discurso fílmico despojado y surreal de Buñuel en su período mexicano, destacan hasta el pequeño detalle morboso la sordidez del ambiente en el que se mueven y exponen al desamparo los personajes en una absoluta precariedad. Simulando el realismo sucio de la novela negra norteamericana, valga el recurso del transgénero literario que va de lo policial a la tragedia griega o el Apocalipsis bíblico, Manuela y la Japonesita se convertirían en las víctimas propiciatorias de un orden enfeudado y machista, dado que eran los eslabones más débiles de tan rigurosa e inflexible pirámide socioeconómica: el lumpen proletariado de las meretrices y los homosexuales.

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La Japonesita se encuentra en una situación mucho peor que la de la hija natural, pues fue engendrada por Manuela y la gran Japonesa, regenta del burdel, en el marco equívoco de una apuesta entre borrachos trasnochados. El travestismo y la resignación femenil pasarían a ser parte de la sintomatología de un cuerpo social desahuciado.

Pancho no descarga su furia parricida contra Don Alejandro, su presunto padre y dueño de su desconsolado destino, sino de manera despiadada en la infortunada Manuela, detritus social que le mueve a la repulsa moralista ultramontana [sublimando, paradójicamente, una inquietante e inoportuna atracción sexual: “el viejo maricón que baila para él y él se deja bailar y que ya no da risa porque es como si él, también, estuviera anhelando” (Donoso, 1990, p. 70)].

Las cartas, pues, estaban echadas. El corazón depredador de Pancho [negando su latente homosexualidad] anunció el homicidio cuando llegando a Estación El Olivo, hizo cantar el claxon de su camión rojo a rebato, como remedo o parodia desangelada de las trompetas apocalípticas de San Juan.

BIBLIOGRAFÍA

Donoso, José (1983). Historia Personal del “Boom”. Barcelona: Seix Barral.

Donoso, José (1990). El lugar sin límites / El obsceno pájaro de la noche. Caracas: Biblioteca Ayacucho.

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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