UMA BRINCADEIRA SOMENTE (Un bochinche triste solamente) es un relato de José Carlos De Nóbrega para los lectores de Dame Letra. JCDN.

UMA BRINCADEIRA TRISTE SOMENTE

(Un bochinche triste solamente)

José Carlos De Nóbrega

En plena efervescencia del sarao en un club madeirense, mi primo lejano Noronha me ordenó que verificase que su camioneta ranchera estuviera cerrada.

El vehículo beige, rústico y tosco como su dueño, se hallaba estacionado en la isla de la semi-oscura autopista en frente del centro social. Luego de comprobar que las cuatro puertas estaban bien cerradas, di un paso asombroso al vacío.

Caí en un desagüe de algo así como tres metros de profundidad, sin golpearme las extremidades ni la quijada. ‘¡Uy! Ni por un tubo’, me dije aliviado pero desconcertado al punto.

Viendo hacia la superficie, la luz intermitente y cenital de un poste me bañaba en la plenitud de mi escarnio. Di algunos gritos inútiles de auxilio. Como una mano izquierda sudorosa que encarna una rata metida en una jaula del sweater de lana que le quité a Julio, daba idas y vueltas en círculo ensayando una posible fuga o un bailecito previo a la muerte por peste medieval.

De repente, un rostro lusitano y burlón se asomó a mi ratonera. Que me perdonen Kafka y Dostoievski, si les arrebato también la metáfora de “El Proceso” y “Memorias del subsuelo” respectivamente. La ridícula realidad no supera la ficción, sino que la ameniza tristemente.

El displicente portugués estalló en una estrepitosa e indignante carcajada, para luego brincar como un orangután ebrio. No me quedó más que fazer puñetas hacia el improvisado cielo presidido por un desquiciado dios ex(s)imio.

Alfacinha o madeirense (no sé si do Caniço), el macaco branco se puso a bailar alrededor del foso de concreto. Estiraba las manos simulando una operación de rescate samaritana. Cantaba el estribillo: à mão, à mão, meu irmão. A lo que replicaba yo: o chão,  o chão,  maranhão, tendiendo las manos al muy idiota en las alturas.

El hombre se detuvo y sonrió hacia mi buchaca-ratonera, como si yo fuera su propia imagen reflejada en el río Tajo, Guaire o Cabriales. Su diente de oro, como el de Pedro Navaja, me encandiló hasta sacarme de la cabeza imágenes eidéticas: El relincho desesperanzado del caballo que mordisquea un foco incandescente. O un tordito que se electrocuta en una cuerda postiza dispuesta en versos. Quizás un ataúd con el cadáver de papá en medio de una sala con televisión cubierta por un sudario.

Me sacudí esta inusual imaginería para salir de mi ratonera cuanto antes. Encontré un largo listón de madera, lo coloqué oblicuamente un metro más arriba sobre una saliente, y apoyándome en la pierna derecha brinqué a la superficie de la isla.

Sabía que no encontraría al duende portugués chocarrero (cuando estaba vivo, previo a su asesinato que no le permitió dar la cara al agresor, jugaba con el niño que yo era mientras veíamos en la TV la comiquita de Meteoro y su Mac Cinco), por lo que burlándome de mí mismo regresé al club a por una cerveza tibia.

 

 

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José Carlos De Nóbrega/ Ciudad VLC

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