Una casa de los congresos se refiere a un repaso de la historia constitucional de Venezuela, sobre todo en nuestra malquerida Valencia. JCDN.

El pasado 17 de diciembre de 2019, en horas de la tarde, se celebró en la Casa de la Estrella, un conversatorio sobre los 20 años de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Asimismo, se conmemoró el vigésimo aniversario de la Vaguada de Vargas, tragedia paralela al referéndum aprobatorio del para entonces nuevo texto constitucional.

Entre los conversadores estábamos Pedro Téllez, Argenis Agudo, el Doctor Jesús Puerta, Orlando Zabaleta, Joel Pérez Marcano, Sabino Linares, Argenis Morgado y este cronista compulsivo, entre otros, eso sí, usurpando y ocupando las Sillas de la Academia carabobeña de la Historia.

No podía quedar por fuera de la conversa, la conmemoración de la muerte del Libertador en Santa Marta, Colombia. Por cierto, en la mañana un grupo de miembros –numerarios, deletreados y numerados- de la Academia Regional de la Historia, desarrollaron una actividad alusiva a la muerte del dictador Juan Vicente Gómez.

¿Se privilegia a un Rey de la Baraja por encima de Bolívar? ¿O el Libertador no está de moda? No lo sabemos, pues no habíamos asistido a tan curiosa, asombrosa y capciosa actividad gomera. ¿Acaso el pretexto es hacerle el lobby a una voz reconocida, ecocida y conservadora para que se le dé por fin el puesto de cronista de Valencia?

Si en México quieren repatriar los restos del nefasto Porfirio Díaz, ¿por qué no reivindicar al “Bisonte” Gómez?, pues el zoo valenciano –Carlos Yusti dixit- da para este y muchos caprichos más. Por ejemplo, si bien hay Doctores Honoris Causa de la UC muy dignos como Ana Enriqueta Terán y Nelson Mandela, ¿por qué la villanía no puede ser acreedora de su Doctorado Horroris Causa? [por fortuna o desgracia los tenemos, desde periodistas misóginos tarifados, los infaltables politicastros de lo último, hasta arzobispos genuflexos].

Valga tan rebuscada digresión, nuestra historia constitucional es larga, accidentada y peripatética, posee varios textos más ajustados a las pretensiones e intereses de la clase dominante que a la técnica jurídica, lo cual redunda en el despropósito histórico. Claro está, se exceptúan las Constituciones de Miranda (1808), la primigenia de 1811, la de 1819 y la de 1999. Por cierto, estos y otros textos constitucionales se exhibieron ese día en la Casa de la Estrella, como apoyo ilustrativo del conversatorio.

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La proposición, surgida de este evento, de convertir la Casa de la Estrella en un Museo o Casa de las Constituyentes, no sería absurda ni fatua si y solo si trascendiera el nombre de la edificación, esta es la consolidación de un proyecto educativo que desdijera la banalización de los discursos mediático, político, cultural y específicamente jurídico constitucional.

En esta casa, antes Hospital de San Antonio de Padua, se realizaron el Congreso de 1812,  la consolidación de La Cosiata por vía legislativa constituyente en 1830 y La Convención Nacional de 1858 que aprobó una nueva constitución que no satisfizo a los liberales y trajo consigo la Guerra Federal.  

En este “paradigma arquitectónico”, como fue considerado por el grupo MUEVE (Movimiento Universitario Evangélico Venezolano) durante la toma pacífica de sus instalaciones en 1983, se llevó a cabo una parte significativa de la historia legislativa de la nación.

Por cierto, según el director del Museo Casa de la Estrella, Argenis Agudo, la placa alusiva al reclamo de Mueve consistente en vindicar al Bolívar execrado de 1830, desapareció así nada más, como suele ocurrir aquí con las bibliotecas y otros espacios culturales.

El Congreso de 1812 fue suspendido por la capitulación de Miranda ante Monteverde, lo cual implicó no sólo la caída de la Primera República, sino el injusto y erróneo encarcelamiento de Don Francisco que lo conduciría a la muerte en La Carraca. La hipótesis de este episodio conjuga la novatada político-militar de Bolívar,con el odio mantuano profesado al mal llamado precursor de la independencia, ello por su condición de blanco de orilla.

La Cosiata y su espíritu sedicioso acabaron con la Gran Colombia de Simón Bolívar, hasta el punto de prohibir la entrada del Libertador y sus seguidores al territorio de la nueva república de Venezuela. Fue abrogada la Ley Fundamental de la República de Colombia de 1819 promulgada en Angostura. Años después, 1842, Páez inauguró el Culto a Bolívar cuando repatrió sus restos y los resguardó en el Panteón Nacional como pelele funerario de los caudillos de turno: Páez, Guzmán Blanco, Gómez, Betancourt y CAP.

La Convención de 1858 constituyó otra empresa fallida y desencaminada, pues implicó el desmadre de la Guerra Larga o Federal. No es para nada casual ni producto de la superstición el magnicidio del General Ezequiel Zamora, luego del rotundo triunfo en Santa Inés. Al igual que Bolívar, su proyecto justiciero de país significaba contrariar los intereses de clase de la oligarquía mantuana de larga data y el ascenso del neo-conservadurismo encarnado en el caudillo y terrateniente Páez.

¿No merece la pena evaluar estos episodios de nuestra historia, para arrancarnos las gríngolas con las que el poder fáctico y su aparataje ideológico nos alienan y distraen? Creemos que sería un buen inicio como cien leguleyos encadenados y sepultados al fondo del mar. Ahora, si la cosa se queda en la retórica burocrática, no cuenten con nosotros: Erraremos a motu propio para poder inventar alternativas válidas de liberación.

Es menester que el nuevo proceso constituyente se abra más a la participación política activa y la contraloría legislativa-social de las comunidades, tal como ocurrió en el de 1999. La hegemonía popular sólo es posible cuando los cogollos y las sociedades de cómplices sean neutralizados en definitiva.

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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