Biografías Portátiles (16): Reynaldo Pérez Só es una aproximación a la vida y obra de este poeta radicado en Valencia, la de Venezuela. Pérez Só es un referente imprescindible de la poesía contemporánea nacional. JCDN.

Reynaldo Pérez Só (Caracas, 1945) no sólo es uno de los nuestros, sino también una influencia decisiva en mi obra literaria que comprende el ensayo, la traducción y la narrativa. Gracias a él pude realizar mis primeras publicaciones (desde 1992) en revistas como La Tuna de Oro y Poesía, dos bastiones incontrovertibles de la literatura en la ciudad de Valencia de San Simeón el estilita.
Le debo un acercamiento mucho más comprometido a la poesía venezolana y universal (en especial la portuguesa y la brasileña que aún me maravillan), pues en aquellos tiempos se centraba mi atención en lo que él llamaba el diablo de la poesía: la prosa, bien sean los cuentos de Cortázar, las novelas de García Márquez o los ensayos de Montaigne. Asimismo ocurre con mi participación en proyectos editoriales diversos: desde haber sido miembro de la redacción en la revista Poesía, director de La Tuna de Oro, consejero editorial –contingente, si se quiere- en la Imprenta Regional Carabobo de el perro y la rana, hasta bloguero compulsivo en la red.
En resumidas cuentas, Reynaldo es un maestro mío imprescindible y, mejor aún, uno de mis más grandes amigos. Contrariamente a su severo y adusto rostro, Reynaldo Pérez Só ha sido para mí una fuente generosa y dialógica de conocimiento poético y literario que excede las escuelas blanqueadas de críticos mezquinos y profesores castrantes, las cuales procuran ad infinitum el boicot de la lectura lúdica y amorosa del texto literario.

A la fecha, Pérez Só ha publicado los poemarios Para Morirnos de Otro Sueño (1971), Tanmatra (1972 y 1998), Nuevos Poemas (1975), 25 Poemas (1982), Mirinda Campo (antología, 1984), Matadero(1986), Reclamo(1992), Px (1996), Solonbra (1998), Antología Poética (2003 y 2006), Aire limpio (2011) y Rosae Rosarum (2011). También publicó Fragmentos de un Taller (1990) que colinda con el ensayo afincado en los aforismos, y el monólogo Sucre, Estampido de Dios (1995). Fue ganador del concurso de cuentos del diario “El Nacional” en 1999 con Viento Sur, un puzzle narrativo en cuatro partes que nos revela una escritura personal y transgenérica divorciada de especulaciones literarias, la cual vindica su incansable vinculación con la vida y la poesía que todavía toca el corazón de los hombres. Por lo tanto, tenemos otro notable caso de poligrafía en la literatura venezolana, el cual acompaña a los valencianos José Rafael Pocaterra, Ramón Díaz Sánchez y Enrique Bernardo Núñez.
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Desde su primer poemario hasta el más reciente, incluyendo poemas dispersos en publicaciones periódicas diversas, la poesía de Pérez Só descansa en la desnudez y la transparencia estilística, amén de lo fragmentario e inmediato de la expresión poética en la recreación del discurso de voces disímiles que estremecen su mundo interior. Exploremos algunos de sus libros de poesía que más nos tocaron, pues para la tradición judía la poesía es ante todo tocable.
Para Morirnos de Otro Sueño es un libro inicial asombroso, hasta el punto de llamar la atención de voces críticas del calibre de Juan Liscano y Guillermo Sucre. El discurso, si bien austero y radical –siendo extremista en la abolición de las mayúsculas y la metástasis de los signos de puntuación-, exhibe una compenetración mística y a la vez táctil de los objetos con los que se regocija la mirada poética: Esa maravillosa silla de Van Gogh confrontada en París aviva la memoria sin apelar a un soso y plañidero ejercicio de la nostalgia: esta es una silla / sólo una silla / en ella / se sentó mi padre / mis hermanos / todos / mis mejores amigos // ahora / está sola / sin nadie // una silla. Es enfrentar la soledad sin reposo, más acorde a la deliciosa musicalidad integradora de la saudade que campea en la poesía de Portugal y Brasil, el fado de Amália Rodrigues o el bossa nova de Tom Jobim.
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No son necesarios los artilugios del estilo para celebrar la vida y convivir con la muerte, pues como lo observa Guillermo Sucre priva la mera presencia del poema: “un objeto verbal muy breve, luminoso pero no destellante, indeterminado pero no impreciso, instantáneo pero también simultáneo”; el cual se toca o al cual nos aferramos desde diversos puntos de vista, no obstante su aparente quietud. El cuerpo implica, en este caso, una anatómica consideración abrasante del mundo: hay lugares / que se prolongan / donde nuestros cuerpos / pesados se inclinan / y / una gran caída / nos estremece. ¿No es esto una contemplación problematizadora de la pérdida del paraíso en la fragilidad del lenguaje?
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25 Poemas, editado por Fundarte, es un poemario también transparente que nos contentó en su momento (disfrutábamos a los dieciocho años Demian de Hermann Hesse, así como también Última luna en la piel de Orlando Chirinos). Es una colección poética solar, de una luz clarísima hasta el enceguecimiento que nos retrotrae a un maestro como Armando Reverón. No sé por qué se me antoja un poemario ligado a la literatura de formación o bildungsroman: Hallamos muchos textos cheios de frescura y lozanía (estoy pleno / de sol y corro / entre campos / crece el árbol crece / en mi vista) que conviven con otros pocos más duros (he dejado que la muerte / me socave / no he hecho nada), siendo estos últimos un puente para un libro puntual y fundamental como Matadero.
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Matadero, publicado por Editorial Amazonia –una empresa alternativa propia e interesante-, constituye un sustancial cambio sin ruido en el devenir de su obra poética. Nos parece un imperdible del (Anti)Canon venezolano. Decimos cambio silente que se contrapone al bullicio, pues Pérez Só insiste con su visión propia del poema breve, su despojo formal y su multisugerente ruptura semántica, para transitar una tonalidad más descarnada y cruel que se derrama sobre el cuerpo poseído por un erotismo caníbal, fatalista y fetichista. Apunta Liscano que el conjunto desarrolla “una visión despedazada de la sexualidad, del cuerpo, de la carne expresada con una escritura que sigue siendo la suya, pero entrecortada, tasajeada”. He aquí una muestra estremecedora que raya en dura palabra masticada por la lucidez: deben trabajar / en el matadero / fruncir la carne / sobajar los muslos / para decir el arte es mío // aprender a dar a cambio / de otro dar a cambio / y luego forman el amasijo / del mañana // el sí substituye / al ojo o al sentido / hasta que tasan todo / sin poder oír / el verdadero precio.
Es Poesía del Decir inequívoca, sin los vaporosos velos cómplices que cobijan intereses de poder, sucedáneos de portátil esteticismo ramplón avalados por la Academia de turno. El discurso y el ejercicio del poder implican la conformación de un mercado omnímodo que invade todas las instancias posibles, llámense las mercancías longanizas, fuerza de trabajo, automóviles, carne fresca de hembra, poesía idiota o carroña humana de la más variopinta extracción.
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Otro poema nos refiere a gritos una mirada desesperanzada y salvajemente lúcida de su entorno, que devela sin concesiones la desilusión existencial, estética y política de ese momento: con el pellejo / del mundo / le hablo a dios / me importa / el ramo gordo de flores // ahora si el sudor de barrigas / se desliza / más suave / me acomodo entre rendijas // vaya por el bello campo / a mirar el plato y la comida / la comida nueva / la otra al poco instante // para que dios se hinche / al otro extremo del tubo.

Px, en cambio, constituye una colección poética conmovedora que se afinca en la consideración del Otro, el enfermo o la parturienta atados a la cama de cualquier precario hospital de América Latina. Los epígrafes al inicio significan trascender los manuales de deontología médica occidental, retrotrayendo el debate registrado en el antecedente ético y religioso judío: Por ejemplo, Moisés Bar Maimón ve en el paciente a un compañero en el dolor, lo cual dista de la convencional objetividad entre el médico y el enfermo. Es inolvidable la metáfora viva, completada al final de la guardia mientras el hambre se resguarda bajo el toldo de una panadería: porque al lado tengo una cama con / un niño / todavía despierto a estas horas / uno cree que todo el hospital sea un barco / por el ruido o por los cambios / de adentro y afuera / cuando cada mañana atraca / al lado de la calle.
Solonbra es un título cuya asidua relectura nos permite experimentar el más grato de los asombros: se contrapone el castellano estándar al ladino o castellano del siglo XV, lo cual supone una vinculación por partida doble: al habla de su infancia a la manera de la lengua del afecto familiar, y a Sefarad como la entrañable patria fundada en los inicios de la Diáspora en la Península Ibérica.

Apostamos por la poesía de Reynaldo, pues posee plena conciencia de su oficio y del mundo que le ha tocado vivir, sin el despropósito del arte que lima la mugre del ombligo en tanto golosina sibarita, o de la inútil estridencia de slogans políticos que han sido sepultados por la Historia de la Propaganda. Siguiendo a César Vallejo, su obra es incontrovertible y sanguíneamente socialista: “En el poeta socialista, el poema socialista deja de ser un trance externo, provocado y pasajero de militante de un credo político, para convertirse en una función natural, permanente y simplemente humana de la sensibilidad”. La poesía, dice Arrmindo Trevisan, ayuda a jalar el gatillo encuadrado el blanco sin piedad.
José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC
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