BIOGRAFÍAS PORTÁTILES [3]: ANA ENRIQUETA TERÁN es la tercera entrega semanal de la serie en el diario Ciudad VLC. Doña Ana no sólo es un referente de la literatura de Venezuela y América Latina, sino también patrimonio vivo de nuestra ciudad. Valga esta aproximación festiva. JCDN.

Una muy joven Ana Enriqueta Terán

Ana Enriqueta Terán (Valera, 4 de mayo de 1918-Valencia, la de Venezuela, 18 de diciembre de 2017) es sin duda una de las voces poéticas más representativas del país y el continente. Desde sus poemarios como “Al norte de la sangre” (1946), “Presencia terrena” (1949), “Testimonio” (Cuadernos Cabriales, 1954), “Libro de los oficios” (1975), “Casa de Hablas” (1991), “Albatros” (1992), “Autobiografía en tercetos con descansos y apoyos en Don Luis de Góngora” (el perro y la rana, 2007), “Piedra de Habla” (Biblioteca Ayacucho, 2014) y “Extravagancias lúdicas” (Biblioteca Ayacucho, 2016), hasta la novela “Apuntes y congojas de una decadencia novelada en tres muertes” (el perro y la rana, 2014), la poetisa ha desarrollado un viaje lírico persistente que ha tocado con bien el corazón de sus lectores.

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Esta adolescente preciosa, curiosa y trabajadora bordeó los cien años con un discurso poético consistente, variopinto y vital. Se hizo acompañar desde hacía mucho tiempo con las voces de poetas tales como Garcilaso, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila y especialmente su hermano mayor Luis de Góngora. Se paseó con una musicalidad excepcional por la versificación uniforme [los sonetos de todos sus tiempos y las décimas andinas] y el verso libre. Su obra poética va de la Poesía del Decir al hermetismo neo-barroco.

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Uno de nuestros temas predilectos de conversación telefónica fue el Siglo de Oro Español, del cual era una fervorosa lectora y atenta estudiosa más allá de la Academia. Nos recitaba de memoria sonetos y poemas enteros de aquellos gigantes literarios, para luego sazonarlos con comentarios precisos y apasionados. Esto es la materialización del discurso meta-poético o, mejor dicho, del diálogo fructuoso entre poetas que se quieren de verdad. También nos impresionó tanto la recitación como la lectura cuasi teatral de sus propios poemas: La voz acaricia y alumbra el oído, amén de tocar al auditorio entero y la carne emocionada de cada quien.

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Más que oficio y fama, la poesía de Doña Ana revelaba un extraño modo de vida [valga el fado de Amália Rodrigues] colindante con una religión verdadera: El ritual de asearse, vestirse con elegancia y acicalarse, además de escribir de pie y con estilográfica, completa un proceso de purificación particular y encantador. No se trata de una puesta en escena anacrónica, sino del ejercicio intenso de la libertad en la propia versificación uniforme del soneto clásico [un género literario de escritores entrañables y paradigmáticos como Luis de Camoens, Lêdo Ivo, Quevedo y el mismo Góngora].

Para Ana Enriqueta, la amistad fue una fuente primaria que la nutrió durante todo su periplo físico y espiritual: Además de sus compadres del Siglo de Oro, tenemos a Vicente Gerbasi, Enrique Planchart, Juana de Ibarbourou, Juan Domingo y Eva Perón, Hugo Chávez, los vendedores de ostras de Morrocoy, Douglas Bohórquez, Enrique Mujica y las tejedoras de Jajó entre muchos otros. Mención aparte merece su compañero de toda una vida, el ingeniero y promotor cultural José María Beotegui, su única hija Rosa Francisca y su gato José Cemí. También la acompañaron hasta sus últimos momentos, Milexa y Luis Arráez, Luis Alberto Angulo, Laura Antillano, Vielsi Arias, Argenis Agudo, Ramón Núñez, Luis Salvador Feo La Cruz, Reynaldo Pérez Só, Annia y Pedro Téllez.

Una toma más reciente de la bella Ana Enriqueta Terán Madrid

A la par de su amplia visión de la poesía latinoamericana y universal, nuestra poetisa viajó y se radicó en diversas partes del país, el continente y el mundo: Valera, Caracas, Valencia, Jajó, Morrocoy, Buenos Aires, Montevideo, París. Por supuesto, llevando como Miranda sus libros y objetos de arte más preciados.

Su belleza física y lucidez intelectual fueron retratados por artistas y escritores diversos: pintores como Gabriel Bracho y Braulio Salazar, el poeta y fotógrafo Enrique Hernández de Jesús, amén de las glosas de Douglas Bohórquez, Patricia Guzmán, Laura Antillano, Luis Alberto Angulo, José Napoleón Oropeza y Ramón Palomares. Incluso ella misma ilustró algunos de sus libros recientes [“Sonetos de todos mis tiempos II” y “Construcciones sobre basamentos de niebla”, por ejemplo]: Estos dibujos fusionan el arte naif y el surrealismo, como si se tratase del bocetaje y estudio de su propio y riquísimo mundo onírico. En 1994, el V Encuentro de Escritores Venezolanos auspiciado por la Cátedra Ramos Sucre de la Universidad de Salamanca que coordina la profesora Carmen Ruiz Barrionuevo, se centró en la consideración crítica y académica de su obra literaria.

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A modo de colofón, Doña Ana no tenía temas tabúes ni daba terreno a la banalización de los discursos en el país. Una vez nos inquietó cuando luego de reflexionar sobre el cansancio que implica vivir un siglo, dirigió su mirilla al polémico tema de la eutanasia. Oportunamente nos advirtió que no pretendía auto-medicarse con el arte del Doctor Muerte, sino que la movía una vivaz curiosidad sociológica. Parafraseando a Santa Teresa de Ávila, otra hermana mayor suya como su cuasi tocaya Enriqueta Arvelo Larriva, la poetisa escribió: “Tanto es la vida en mí / que de vida moriré”. Por tal tazón, la bienamada Ana Enriqueta Terán resucita todos los días cada vez que visitamos sus libros más caros e imprescindibles. No en balde, todavía la percibimos en sus cotidianas andanzas amorosas en la Casa de Hablas que nos dejó en El Trigal.

José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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