CLÁSICOS VENEZOLANOS (14): FRANCISCO MASSIANI

PIEDRA DE MAR (1968) DE FRANCISCO MASSIANI

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Una novela clásica y divertida de Venezuela

Más allá de la popularidad y el entusiasmo de la crítica, esta novela representa una muestra paradigmática del género novelístico de iniciación en Venezuela que excede lo legendario. La compulsión vital caribeña, los excesos expresivos de su sentido picante y estrambótico del humor, además de la reconversión hiperbólica y atrabiliaria del entorno real, concitan la complicidad agradecida de los lectores. El desenfado como modo equívoco y lúdico de vida, se desparrama de sus páginas con una maravillosa impunidad, lo cual se corresponde a la inmediatez contingente e informal de su discurso.

Ni la perspectiva narrativa de primera persona, ni tampoco el imperio de la oralidad, mucho menos el informalismo que lo emparenta con las artes plásticas venezolanas de su tiempo, responden a un sesudo y frío plan estético e ideológico que le permita al autor entronizarlo en el Panteón o el Canon literario nacional. Diferimos de José Napoleón Oropeza, cuando nos dice que la novela es estupenda pese a la simplicidad de la anécdota “(sin proponérselo expresamente, tal vez)”. [Oropeza, 2003, p. 326].

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Por el contrario, Massiani y la legión de sus lectores edifican una lectura invasiva pero compasiva en los afectos de la bitácora inicial, juvenil y peripatética de Corcho, nuestro novelista en ciernes. He allí la propuesta fauvista pero deliberada de Massiani: La vivencia recreada antes que el oropel del autor consagrado.

La trama y la esencia del discurso narrativo, en este caso tan especial, no se refiere a una insomne empresa de totalización histórica, ideológica y estética; sino al arte contingente de novelar en el hastío cotidiano: “De mis necesidades y costumbres. Hay días que esas ideas se vuelven trenes, o caballos, o ciudades, o montañas nevadas, y es tan fácil imaginarlo, tan fácil vivir en esas montañas y esas ciudades, que al volver a este cuarto, la mesa, la máquina, todo es insoportable” (Massiani, 1999, p. 29).

Un primer plano de Massiani

Nos imaginamos a Balzac entumecido largas noches en su buhardilla, tomando jarras de café, rumiando sus veleidades monárquicasy tirándoles flatulencias a los jacobinos. El Ars novelístico en construcción, se cuela sin la estridencia del hallazgo trascendental  ni la presunción teorética. Obedece más bien a la inquietud del blanco de la página y el balbuceo torpe y contingente del que escribe: “Estoy tentado a gritarles: “Imbéciles, si no me ayudáis a realizar vuestra novela, os transfiguraré y seréis lo que yo quiero que seáis, malditos. La culpa de este bostezo será vuestra. Y no sólo la novela será un fracaso, sino vuestras vidas, perros mantecudos, y el interés de cada uno de vosotros, en el uno y en el vosotros”. (Y ni sé lo que dije. Pero salió lindo.)” [Massiani, 1999, p. 50].

Se infiere y parodia desde el legado narrativo de Cervantes en medio de la risa, el realismo literario y el cinema verité, hasta la disociación de la voz narrativa en la apropiación accidentada del entorno y el espíritu urbano de la República petrolera. La hipérbole no es un recurso o artificio que le facilite una visión desangelada de la coyuntura histórica, tal como ocurre por ejemplo en “Los pequeños seres” (1959) de Salvador Garmendia, corpus tocado por un obsesivo afán detallista en la configuración de la desolación alienada de su protagonista, el oficinista Mateo Martán.

En este caso, se vincula a los gags desquiciantes de los hermanos Marx, asestando puñaladas críticas que evidencian el malestar bipolar del mundo: “O como si en la noche te amarraran la cabeza a los pies y al levantarte te dieras cuenta de que no puedes moverte, con la única diferencia de que no es en la noche sino en el día cuando suelo hablar con Flautín”, se refiere a la miseria de la filosofía y el esnobismo intelectual (Massiani, 1999, p. 74).

La desilusión estética e ideológica del momento [ligada al fracaso de la guerra de guerrillas y la transición artística desencantada] es confrontada con los trazos irreverentes del dibujante y caricaturista Nelson Moctezuma, las fotografías intervenidas de Claudio Perna o los collages y postales políticamente incorrectas de Dámaso Ogaz.

Incluso esta propuesta narrativa de Massiani supone un autorretrato de aparente descuido formal, el cual destila una poética descarnada y diáfana que se burla del propio autor y de sí misma. Como lo chirría este poema pivote de Juan Calzadilla, “sólo alcancé a arrojar brochazos / que no paraban de decirme / “ese que va surgiendo de tus trazos locos / no eres tú, es otro”” (Calzadilla, 2014, p. 41).

Por supuesto, la novela no peca de neutra ni insípida en lo político-social, pues se deshace del panfleto consolatorio y el disfraz sociológico del discurso narrativo: Las voces de la clase media caraqueña no sólo son registros orales fidedignos sino, mejor aún, tipificadas como una variación dialectal que revela el carácter funcionalista e ilusorio de ese estamento social.

Un Massiani más joven. Foto de Vasco Szinetar

Tenemos la problemática universal de la adaptación al medio, en este caso presidido por el pragmatismo, el prestigio social y el culto al bienestar [o a la cultura de los satisfechos según Galbraith]: “Sucedía que tú de pronto te sentías como rechazado por tu propia raza, sin saber exactamente cuándo y cómo habías comenzado a sentirte solo” (Massiani, 1999, p. 19). Si bien las relaciones de consanguinidad y amistad presuponen los cotidianos e inadvertidos escarceos por el poder emocional y material, los personajes entrañables que acompañan a Corcho en su periplo iniciático o aprendizaje sentimental y existencial [Carolina, Jania, Kika, Marcos, Julia y José], se prestan a ser sus objetos y sujetos de seducción o manipulación.

De tal modo que la vida apareje la pulsión de amar al Otro con sus defectos y virtudes, no obstante remar aguas arriba o aguas abajo. Por lo que, sin reincidir en poses románticas, ello se encuadra en una panorámica lírica y amorosa de Caracas, en especial el sector de Bellas Artes, los cafés de Sabana Grande y Chacaíto, amén de las playas del litoral; ello con una implicación paisajística que nos retrotrae la pintura de Manuel Cabré, Armando Reverón, el Petare de Bárbaro Rivas o el cerro El Ávila reconstruido en la ensoñación de Campos Biscardi.

La piedra de mar escondida y acariciada por la mano diestra de Corcho, se nos antoja la digitación enamorada que vincula sin protocolos el arte con la vida a plenitud.

Bibliografía consultada:

Massiani, Francisco (1999). Piedra de Mar. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana.

Oropeza, José Napoleón (2003). Para fijar un rostro. Notas sobre la novelística venezolana actual. Valencia, Venezuela: Ediciones del Gobierno de Carabobo.

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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