Clásicos Venezolanos (17B): Miguel Otero Silva es un comentario a su novela «La Piedra que era Cristo» (1984). JCDN.

Primera edición de la novela por Oveja Negra

La Piedra que era Cristo (1984) de Miguel Otero Silva (1908-1985) es un Quinto Evangelio lírico y sorprendente, pues pareciera contradecir el humor procaz y corrosivo de Las Celestiales (1965). Por fortuna, se evidencia la pluralidad temática y estilística de un escritor que tenemos en altísima estima.

No tiene nada que envidiar a otras transfiguraciones ficcionales de la vida de Jesucristo como las novelas «El Evangelio de Lucas Gavilán» de Vicente Leñero, «Nazarín» de Benito Pérez Galdós, «El Poder y la Gloria» de Graham Greene, «La Pasión Griega» y «La Última Tentación de Cristo» de  Nikos Kazantzakis o más recientemente «El Evangelio según Jesucristo» de José Saramago. O incluso «Barrabás», ese magistral cuento de su cófrade Arturo Uslar Pietri.

Edición de 1985 por Plaza & Janés

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Nos hemos apropiado con morbo y placer de la incendiaria parodia del discurso católico que es “Las Celestiales”, con sus Santos asaeteados por la picante lengua popular, y la aproximación poética a la figura de Jesucristo vertida en el texto novelístico de “La piedra que era Cristo”. A la luz de hoy, este libelo satírico pareciera derivación lúdica de la «Invectiva Apologética» de Fray Domínguez Camargo, un poeta barroco colombiano del XVII, que confronta tres versiones de coplas dedicadas a la Pasión de Jesucristo, no exento de humor picante y escatológico.

Ambos libros no sólo refieren el espíritu rojo y ateo de su autor, sino el apetito descarado del artista por desmontar los discursos autorizados que sustentan el Poder vertical, mezquino y usurero que tritura sin clemencia a las mayorías.

Contratapa de la edición de Plaza & Janés

Esta Biografía terrenal de Jesucristo, es un ejercicio de prosa transparente que se halla sazonado por una poética vitalista, erótica y humanista. A Otero Silva le interesa más el Jesús histórico que el deformado por el fundamentalismo católico o protestante.

Hay una reivindicación significativa a la figura de Juan el Bautista que cubre las primeras cincuenta páginas, para luego incorporarlo a una conversación de antología con Jesús de Nazaret: Esto es el río caudaloso hecho poesía [nos referimos a las parábolas] que crece gracias al afluente manifiesto en prosa profética que lo prefigura y proclama.

Un episodio inolvidable de la novela nos muestra la cabeza cortada del profeta Juan, o “la testa decapitada de un caballo negro”, vapuleando al Poder abyecto que representa Herodes Antipas: Tus manos edificaron los torreones de un dominio ilusorio, cimentado sobre arenas de traición y engaño.

El tono histórico del texto no obvia la denuncia social de la profecía, ni el conceptismo aforístico de Salomón, ni mucho menos el aliento lírico de salmistas convulsivos como David.

La plasticidad de las imágenes captadas de los evangelios y las visiones místicas de San Juan de la Cruz, se asimila naturalmente a la sensualidad desbocada de la Magdalena penitente o la cruda crueldad de La coronación de espinas de Tiziano.

Se nos antoja que Otero Silva respeta los cuatro evangelios para reescribirlos en el marco de una discusión de ideas densa e inmediata, además de desarrollar un ejercicio escritural sobrio que elogia la lengua de los hombres.

En “El Sermón de la Montaña”, la paráfrasis del texto bíblico muta en incrustaciones textuales que enriquecen a las mismísimas parábolas de Cristo, dada su grandiosa calidad poética y paradojal de raigambre humanística y no escolástica. Rescata la tolerancia, la autoestima, el amor al Otro y la inmediatez de un modo de vida religioso que se dirige a la divinidad tiernamente: “Es así, y no de otra manera, como le habla un niño a su padre”.

Edición de El Nacional

Por ejemplo, del duelo religioso y conversado entre Jesús y Nicodemo se concluye que los milagros no son artificios portentosos, ni trucos propagandísticos para evangelizar [ideologizar] compulsivamente; por el contrario, son metáforas susceptibles al diálogo con la Naturaleza, el entorno exterior y la confederación  interior que nos mueve y sacude a diario en el Amor.

La fidelidad a las cosas pequeñas y cotidianas, se hace extensiva a empresas trascendentales que pugnan por liberar al hombre de sus terrores, desmanes y cadenas autoimpuestas.

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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