CLÁSICOS VENEZOLANOS (2): ENRIQUE BERNARDO NÚÑEZ

Clásicos Venezolanos (2): Enrique Bernardo Núñez es la segunda entrega de esta serie dedicada a nuestros libros fundamentales. JCDN.

Cubagua o de la pasión por la Historia

Edición conjunta y reciente de la novela y el libro de cuentos de Enrique Bernardo Núñez, bajo la curaduría de Alejandro Bruzual

Ednodio Quintero, considerando nuestro accidentado devenir histórico –del rango  marginal de Venezuela como Capitanía General a su protagonismo en la gesta independentista sudamericana; de las vicisitudes y contingencias de su vida republicana a la Guerra Federal; y del caudillismo a la democracia puntofijista-, planteó que la narrativa venezolana pudiera asimilarse a la noción de isla flotante o aldea lacustre que parte de la metáfora de su misma denominación: la pequeña Venecia de Alonso de Ojeda.

LEE EL ESTUDIO DE ALEJANDRO BRUZUAL EN LA EDICIÓN GENÉTICA DE “CUBAGUA” 

La categoría “isla” nos provee varias y contradictorias lecturas, tomemos dos de ellas: como paraíso perdido o como entidad aislada del exterior. Respecto a la primera, deriva su carácter ilusorio: “Cierto que las perlas de Cubagua, siete  mil  kilos por año en la mejor época, representaron un espejismo de riqueza súbita, pero aquel tesoro submarino se agotó en menos de dos décadas”. La segunda consiste en la poca trascendencia continental de nuestra narrativa, la cual no puede explicarse tan sólo por el hecho de no haber sido Venezuela un Virreinato como México o Nueva Granada.

Por lo que se desprende una mejor apreciación tendiente a la falta de comprensión del fenómeno narrativo en el país.  Para   muestra  basta un botón,  “‘Cubagua’ es una de las novelas más extrañas y menos comprendidas de la narrativa venezolana”, como bien lo vindica Quintero zanjando equívocos tales como la parusía de la gran novela que nos explique y miente como universo.

 

El polígrafo valenciano y de Venezuela Enrique Bernardo Núñez

Coincidimos con Gustavo Luis Carrera al catalogar a “Cubagua” (1931) de Enrique Bernardo Núñez en tanto fundadora de “la novela venezolana estéticamente contemporánea”. Pues “se inscribe en el gusto estético y en la expectativa ideológica que viven, como cosa propia, en los creadores y los consumidores de un período”. Más allá del criterio de periodificación histórica, coincide con el cierre del paradigma regional reformista que es “Doña Bárbara” de Rómulo Gallegos y “Las Lanzas Coloradas” de Arturo Uslar Pietri, todas publicadas entre 1929 y 1931.

Siguiendo el extraordinario inicio de “La Invención de Morel” de Bioy Casares, publicada nueve años después, constatamos aún que “Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro”. La novela sigue siendo susceptible a la relectura, a la revisita que trae consigo el goce estético patente en su indubitable aliento poético, amén de la ruptura mítica del presente novelado y la yuxtaposición espacio-temporal que prefigura con notable antelación ejercicios narrativos tan de gusto del realismo mágico.

Otra de las ediciones de esta maravillosa novela, publicada por Monte Ávila Editores

Respecto al problema temporal, nos dice Quintero “no se trata del tiempo atomizado de Joyce o de la nostalgia memoriosa de Proust, sino del tiempo circular, aquel donde coinciden el mito, la leyenda y la historia como explicación de un presente desesperanzador”.

Enrique Bernardo Núñez se vale del recurso de la transfiguración ficcional del tiempo histórico pretérito y presente, a los fines de estructurar un  discurso  híbrido y contingente  que arroja más luces en torno a la relación del hombre y su historia que la unidimensional concepción positivista y cartesiana de la historiografía, la cual blande un instrumental esterilizante que nos impide sumergirnos bajo las olas y así vislumbrar sus flujos y reflujos internos. Bien finaliza la novela a la manera de la serpiente que se muerde la cola: “Ya no son voces que se alzan del mar: murmullos, clamores vagos, estremecedores, palpitantes, infinitos. Todo estaba como hace cuatrocientos años”.

Es así que no importa tanto el por qué es encarcelado el ingeniero Ramón Leiziaga al final de la novela –acusado del robo de unas magníficas perlas en una inspección de rutina en Cubagua para indagar posibles yacimientos de petróleo-. Nos inquieta más bien lo que vio y experimentó en la isla, al punto de trastocar la realidad sensible: ¿acaso estado cataléptico o trance espiritual?, ¿visión fantasmal en la vigilia o ensoñación?, ¿se pudiera inferir la percepción extra-sensorial que abarca nítidamente los registros akásicos, esto es lo sucedido hace más de cuatro siglos?

El recorrido de las ruinas de la isla, atravesando oscuros pasadizos y galerías, pareciera  ser  parte del ascenso de la conciencia  en  escalas –embargada por el misticismo y la seducción del mito- hacia insospechadas aristas de esa masa elástica y escurridiza que es la realidad. Leiziaga es llamado a participar en un ágape de corte indígena, el areyto, muy a pesar de ser descendiente de los conquistadores que convirtieron a Cubagua en un burdel y un garito del Caribe, luego en una isla desierta.

Su voluntad le abandona ante la presencia de Vocchi, deidad legendaria cuya noticia reposaba en un antiguo manuscrito que halló en la Asunción –he aquí un ejemplo contundente de intertextualidad que de nuevo hace que la novela se anticipe muchos años a la novelística hispanoamericana de los cincuenta y sesenta-. La danza multicolor protagonizada por Nila, la mujer amada descendiente de la tribu Tamanaco, le revela la “Nostalgia de la propia alma perdida. ¿No tiene también la Historia ese mismo carácter?”

Curiosamente, “La Invención de Morel” de Bioy Casares nos habla de una extraña isla, de construcciones laberínticas desiertas, espacio propicio en el que los enamorados “viven vidas incompatibles, transcurren en ámbitos y tiempos rivales”. Él, un fugitivo; ella, una aparición fantasmal de múltiples formas asidas por la máquina de Morel. Cuando él repara el hecho de estar enamorado de un fantasma, se somete a sí mismo al invento asegurando para siempre su vecindad con la amada, de manera que “Escribo esto para dejar testimonio del adverso milagro”.

Biografía de Enrique Bernardo Núñez por Eloy Yagüe Jarque

Por su parte, Enrique Bernardo Núñez nos dice “‘Cubagua’ fue un intento de liberación. Hacía tiempo deseaba escribir un libro sin pretensiones, donde los reformistas no tuviesen puesto señalado, como lo tenían en la mayor parte de las novelas venezolanas escritas hasta entonces”. Se trata pues de expresar (a fuer de la corriente sanguínea) una saudade de nuestra historia, pues “El ayer histórico pesa con fuerza sobre el devenir de hoy, un hoy preñado del mañana inseguro”.

No estriba en una artificiosa regresión efectista que denote más bien nuestra histeria histórica patente en el chauvinismo. Mucho menos debe interpretarse el aparente don de la ubicuidad intrahistórica de personajes como Leiziaga, Nila y Fray Dionisio como mera manifestación de la reencarnación. Encuadra más bien con lo que al respecto alegan los ingenieros genéticos: Que el ADN es más que un código de barras, pues resume la experiencia de nuestros antepasados hasta el tuétano, de guisa sensual e inmediata, que sólo emerge astillada en los pasadizos del inconsciente. Ya lo había advertido Pedro Cálice a Leiziaga: “en Cubagua el sereno produce malos sueños”.

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 José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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