CLÁSICOS VENEZOLANOS (25): MARÍA CALCAÑO

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Clásicos Venezolanos (25): María Calcaño se refiere a esta poeta venezolana, pionera del erotismo y la independencia femenina en el país. JCDN.

MARÍA CALCAÑO O LA REVISITA POÉTICA DE LA MAGDALENA

Quiten la santidad a María de Magdalena / y suelo que dará de ella / el recuerdo de un Jesús intranquilo… María Calcaño.

María de Magdalena, como bien lo capta Miguel Otero Silva, se convirtió a la revolución de la conciencia por el influjo libertario del amor y el arrepentimiento. Lo cual desdice los artificios ideológicos de la propaganda episcopal que la esterilizan en el molde piadoso. En “Las Celestiales”, el mismo Otero Silva nos cuenta como los anacoretas meneaban las palmeras relamiéndose de lascivia al verla voluptuosa y penitente en el desierto.

Siglos después, su tocaya María Calcaño (Maracaibo, 1906-1956) nos la reivindica con su trabajo poético pleno de erotismo, desparpajo y vitalismo. Por supuesto, a contracorriente del entorno conservador, moralista y machista de la Venezuela de entonces. Pese al trabajo de investigación literaria y curaduría editorial de María Eugenia Bravo y Cósimo Mandrillo, la poeta Calcaño habita un territorio poco explorado por el mundo lector nacional.

Se le etiqueta todavía con el término unívoco de “poesía erótica femenina”, cuando su obra lírica aborda aristas diversas y aparentemente contradictorias: Desde cabalgar en el erotismo más desenfadado y desafiante, reposando bajo la cotidiana sombra implacable de la muerte, hasta recalar en el enternecedor influjo maternal que conversa con sus hijos en una lengua accesible. Tampoco se puede obviar la preocupación histórico-social ni el esbozo de un ars poética que se desarrolla mucho mejor en las anotaciones, los poemas sueltos y los fragmentos.

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“Alas fatales” (1935) fue un punto de inicio poético audaz, no sólo por su crudeza libidinosa sino también por su tenor rebelde, concupiscente y vindicador del templo y las voces femeninos. Inicia, por ejemplo, con el texto “Nada” que desarrolla la problemática de la autoestima, la afirmación y la fragilidad del ser: “Si no sumo nada!, / sólo un amasijo / de palabras locas”. “Nardo puro” es el primer atisbo de María Magdalena como motivo, metáfora y paradigma femenino vivificante: “Pero esta mano llena / de sagrados ungüentos / en sabores me sube / el amor… como a Magdalena!”

María Calcaño funde en su discurso poético erótico imágenes sensuales que rozan lo políticamente incorrecto, las alusiones al éxtasis místico y los rituales que emparentan la fe y el goce en diversos registros: “Todavía me sabes, / quemadura de amor! Y el cuerpo deletrea / el suplicio feliz”. No sólo la mujer fatal grita sus orgasmos [“Era perversa / con mi botín de hombres”], sino también la posesa demoníaca que confronta con el matriarcado, eso sí, debatiéndose entre lo sagrado y lo obsceno: “Si no quieres verme / morir de bochorno, / no me beses, madre! / Ya no es jugo sano / lo que mis labios dan”.

El poema “El deseo” raya o bordea lo pornográfico, pues el sexo pleno y salvaje no repara en el remilgo que enrojece el semblante ni en el recoveco estilístico que lo solape: “Ábreme la vena, / abundante… / que la tengo estrecha!” Pareciera que nuestra poeta apelara a la vívida imaginería barroca del Infierno sugerida por San Ignacio en los Ejercicios Espirituales, para recrear intensas escenas de alcoba no obstante la transparencia de su Decir poético.

“Canciones que oyeron mis últimas muñecas” (1956), segunda entrega de Calcaño, propone una transfiguración lírica y más acabada de Jesucristo por vía de un evangelio según María de Magdalena. Este Cristo inquieto, humanizado y terrenal es desnudado y poseído por su voz poética feminista desprovista de extremismos desencaminados: “Y saltando de júbilo / sobre el camino que me lo traía, / empecé a soltar sus sandalias”.

La María devoradora de hombres y la Magdalena militante en la fe, son las caras complementarias y dinámicas de un proceso de identidad femenina que concilia la sexualidad y el modo auténtico de vida espiritual: “Oh, Señor! / en qué lugar me habitas / que yo ignoro?” [La utilización parcial de los signos de puntuación, por ejemplo, delata su transición del discurso poético romántico a uno más afín a la transgresión ideológica y estética].

El contra-evangelio, por femenino y prevaricador, incluso reconviene la recreación piadosa y preciosista de los episodios bíblicos que nos pinta un pulso de hembra trémulo y convulsivo. Incluso, tal como lo haría Pasolini en el cine tiempo después, el Cristo de María Calcaño ata cielo y tierra asumiéndose como artesano solidario con las clases campesinas y populares: “Dejó su reino / para estar confundido entre todos. / Sentado a mi lado / es un campesino más”.

El lector le agradece la preocupación social y política de su propio tiempo, el de la dictadura de Pérez Jiménez, que echa de sí los despropósitos de la propaganda ideológica ramplona. Siguiendo con su “Obra poética completa”, publicada por Monte Ávila Editores Latinoamericana en 2008, nos llama la atención lúdica con un poco de morbo picante las “Anotaciones y otros fragmentos” (1920-1940), pues confirman el oficio lírico de María Calcaño hasta en los esbozos que se emparentan con los aforismos e incluso las Greguerías de Gómez de la Serna, esto es una apología de lo contingente y lo fragmentario como tipología textual que prefigura a los libros mayores.

Tenemos el ars poético como incomprendido oficio [“Papel para escribir. / Un papel..; / es para ese pensamiento / que se quedó allí, escondido en su cárcel. / ¡Qué linda es / la prisión del alma!”]; la sátira social [“Por las mujeres desnudas / los hombres / pierden la cabeza. / Y luego lo pierden todo / por vestirlas…”]; la conversación dramática con la muerte [“Volvemos a ceniza. / Cuando la muerte nos hiela / con soplo de gigante, / grandes y pequeños / llevamos el mismo nombre, / en letras de gusanos”];  y el desmitificador boceto de María Magdalena [“Magdalena. / Si cien voces te dieron / tu salario de mala, / has andado entre cruces / restos de santidad. / Ya tienes quieto el gesto / bajo el manto / y aún te sale de adentro / un olor de pasión”].

No en balde la dura crítica implícita al claustro en que los poderes fácticos confinaban a la mujer, Calcaño edifica una Erótica de la Maternidad que destila amor entusiasta, ello sin prescindir de la correspondencia y las contradicciones que apareja este diálogo emocional: “Mis niñas de 12, 14 y 16 años, / ¡mi casa con auroras! / Ellas, tributo de aquel júbilo de muchacha / que se echaba a los campos / porque ya no cabía en la casa”.

Se trata de una arquitectónica afectiva, imaginativa y voladora en el marco de las relaciones de poder habidas tanto en la familia como en el país. María Calcaño nos espera en su poesía, siempre dispuesta para el necesario desempeño amatorio que nos encandile y queme a todos.

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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