Creer para ver: CDI La Cidra en Naguanagua

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CDI La Cidra-JCDN

Los lectores notarán a quienes dedico este artículo

CREER PARA VER: CDI La Cidra es una crónica dedicada a este magnífico centro de salud de Naguanagua, Carabobo.

Santo Tomás sería quizás un precursor del pensamiento cartesiano, si Cristo no se le hubiese aparecido resucitadito y coleando. No hizo falta que el apóstol escéptico palpara las heridas del Nazareno con la vista y el tacto: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron”.

Por la vía equívoca de los medios y las redes sociales, se falsifican los hechos con fines politiqueros inconfesables. Ello al punto de someter a Venezuela en la lapidación mediática, simbólica y física de Centros de Salud, instituciones educativas y casas comunales.

La violencia destructiva –antítesis de la libertadora de Bolívar, Martí, Sandino y el Che-, se forjó aquí sus fallidas teorías conspirativas: Desde la conjura de las cachifas como infiltradas rojas en las “familias de bien”, hasta el complot cubano-ruso-chino con que nos envaina el Infante Don Juan el Guiado.

He creído para ver y vivir en carne propia el ser paciente de traumatología en el CDI La Cidra, Naguanagua, Carabobo. Experiencia grata en la difícil coyuntura de la República, acosada y aporreada por la villanía de adentro y afuera.

A finales de septiembre de 2019, sufrí una caída que provocó la fractura de mi codo izquierdo. Acudí a las 7 pm de ese día, por recomendación de mi cuñada Lessly, al CDI La Cidra para retirar una orden de rayos X y, de ñapa, la médica cubana me inyectó Diclofenac sin cobrarme una rupia.

La primera placa reveló la fractura desplazada de olecranon izquierdo, diagnóstico de los médicos Manuel Douaihi, su tocayo Montana y Cirilo Yélamo. Los dos primeros sugirieron como cura una operación quirúrgica, mientras que el último propuso enyesar el brazo afectado por seis semanas.

Casi un mes después, el doctor Douaihi –a través de una segunda placa ordenada por él– estimó que el codo se estaba soldando, por lo que prescribió terapia de rehabilitación, descartando la operación y el yeso.

Experiencia grata en la difícil coyuntura de la República, acosada y aporreada por la villanía de adentro y afuera.

Un jueves, muy temprano, fui al CDI La Cidra para obtener cita con el traumatólogo. La cosa no resultó traumática. Por el contrario, el vía crucis supuesto se tornó en paseo y solaz por el florido Xochimilco.

He aquí la bitácora terapéutica (rumbo al Malecón):

1.- Alcides, serio y circunspecto, abre el centro a las 6 am. Luego ordena la cola y dispensa las citas médicas (consultas y exámenes) con rigor y claridad. Valga el ají picante.

2.- Previamente los pacientes se han organizado por orden de llegada. En fisiatría tenemos las consultas por vez primera y por ulterior seguimiento terapéutico; así como también las sesiones de terapia eléctrica, magnética y física.

La lista definitiva está a cargo de la señora Rosario, quien con discreción y asertividad distribuye las historias clínicas en los servicios. Sigilo que se agradece.

Entre terapia y terapia, nos tomamos un enternecedor y dulce café en el establecimiento de Norbelys, una venezolana buena y además grandiosa amiga de los pacientes de nuestro CDI

3.- La doctora cubana Dianelbis, no exenta de afán disciplinario aparejado con oportunos chispazos de simpatía antillana, dirige las terapias de electricidad, magneto y cama magnética con la fluidez de un río cristalino. Nos acuesta, pues, en un diván curador de seda.

4.- En el gimnasio y la termo-terapia nos encontramos con Ramón, fisiatra cubano asistido por el venezolano Gabriel, quienes sazonan las sesiones con entusiasmo caribeño que se desliza sobre las olas que besan al malecón, desde el son de Benny Moré hasta el merengue de Juan Luis Guerra.

5.- Entre terapia y terapia, nos tomamos un enternecedor y dulce café en el establecimiento de Norbelys, una venezolana buena y además grandiosa amiga de los pacientes de nuestro CDI. La atención y los precios son solidarios por demás.

¿Qué les puedo decir de mis compañeros pacientes? Les agradezco que me incluyeran en esta colmena de buena conversa y amplísima receptividad para conmigo.

Me honran con su calor humano hasta asarme el codo y el corazón vuelta y vuelta, nuevos amigos como Luisa García, Justino Giménez, Ana Torrealba, el bien hablado (y mejor criado por mamá) Cristopher, la familia Mezay el Clan Parra  (el taita al ritmo de sus hijas) y nuestra matrona Blanca Romero entre muchísimos otros (¡ah caramba!, también Cándida Arias la tejedora avispada).

A contracorriente de predicadores pavosísimos y profetas del desastre, les regalo estos versos del brasilero Lêdo Ivo (poeta laureado por la Casa de las Américas, Cuba): “¡Viva la risa! / Sólo sabe reír quien tiene / diente de juicio”.

Post-data: Agrego a Pascuala Sojo y sus galletas fantásticas, amén de la vivacidad ardillita de Ana Bastelis. No olvidamos tampoco al Doctor José Pablo Rodríguez, quien se multiplica como el Ariel de Billo Frómeta: atiende el consultorio, hace el quite en el gimnasio y hasta ayuda en el mantenimiento de los aires acondicionados.

A todos, ¡Gracias Totales!

No se pelen el pedal con Norbelys: Gran café, suculentos pastelitos y, mejor aún, su calidad de gente sobrenatural.

José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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