El narcotraficante mexicano más buscado, Joaquín “el Chapo” Guzmán Loera, fue declarado culpable este 12 de febrero en un juicio que develó todo el entramado de décadas de violencia y corrupción de un cártel que devastó a México y, que, a su vez ingresó a Estados Unidos (EE.UU.) toneladas de drogas.

 

Este sería el final para Guzmán Loera, acusado de ser líder del Cártel de Sinaloa.

 

Con el veredicto se cierra un capítulo de la vida de quien se convirtió hasta en un héroe popular para algunos en México, quien uso tácticas innovadoras para el contrabando de drogas, violencia extrema y tuvo una considerable capacidad para escapar, una y otra vez, de la justicia mexicana.

El veredicto de culpable se dictó casi una semana después de que el jurado comenzara a deliberar tras un juicio de tres meses de duración en la Corte de Distrito Federal de Brooklyn, donde los procuradores presentaron una montaña de evidencia en contra del Chapo con ayuda de 56 testigos, 14 de los cuales alguna vez trabajaron con él. Guzmán Loera, de 61 años, enfrenta una sentencia de prisión de por vida.

 

Cuando el jurado pasó a las deliberaciones, el 4 de febrero pasado, Matthew Whitaker, el fiscal general interino de EE.UU., se presentó en el tribunal y les dio la mano a los siete procuradores que trabajaron en el caso antes de desearles suerte.

 

El jurado alcanzó el veredicto unánime después de varios días de reexaminar la evidencia del gobierno; pidieron ver miles de páginas de testimonios, incluidas las transcripciones completas de seis testigos de la procuraduría, algo poco común.

 

"El Chapo"

«El Chapo» y amigos drogaban adolescentes y las violaban

El juicio contra el Chapo se realizó ante el intenso escrutinio de los medios y mucha seguridad: perros detectores de explosivos, francotiradores policiales y agentes federales estadounidenses con sensores de radiación.

 

Esta fue la primera vez que un jurado estadounidense escuchaba a detalle la información de financiamiento, logística y un historial sanguinario sobre uno de los cárteles de narcotráfico en México, que desde hace mucho tiempo pasó altas cantidades de marihuana, heroína, cocaína y drogas sintéticas al lado estadounidense y millones de dólares al lado mexicano, donde se disputan el territorio de manera sangrienta.

 

Además de los diversos testimonios sobre los jets privados llenos de dinero en efectivo, cuerpos presuntamente incinerados en fogatas y la afirmación estremecedora de que Guzmán Loera y sus allegados drogaban y violaban a adolescentes, el caso también reveló la manera a veces absurda de operar dentro de la cultura de los cárteles, con anécdotas de narcotraficantes que usaban su día libre para descargar tensión y disparar bazucas, o la contratación de un mariachi para tocar frente a una celda e incluso un intento de asesinato en el que se usó una arepa con cianuro.

 

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El Cártel de Sinaloa, el cual el Chapo dirigió por décadas, quedó bajo el liderazgo, en parte, de los hijos del capo.

En 2016 y 2017, los años antes de que el Chapo fuera arrestado por última vez y extraditado a Nueva York, la producción de heroína en México aumentó 37 % y las confiscaciones de fentanilo en la frontera suroeste de EE.UU. crecieron más del doble, de acuerdo con la Administración para el Control de Drogas (DEA).

 

En su informe más reciente sobre el estado del narcotráfico global, la DEA destacó que la organización a la que pertenece Guzmán Loera, así como la agrupación más reciente Cártel Jalisco Nueva Generación son “la mayor amenaza criminal del narcotráfico” en la región.

 

La debacle del capo mexicano

Las autoridades mexicanas habían perseguido a Guzmán Loera, cuyo apodo responde a su estatura, desde 1993, cuando lo acusaron de un asesinato que dejó en clara evidencia la masacre extrema de las guerras del narcotráfico en el país: el homicidio de Juan Jesús Posadas Ocampo, un cardenal católico muy querido, en el aeropuerto de Guadalajara.

 

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Guzmán Loera fue condenado por el asesinato en 1993, aunque escapó de prisión en 2001, supuestamente en un carrito de lavandería que pasó por varias puertas de seguridad con la ayuda de un conserje de la prisión.

Durante los siguientes quince años, el capo se estuvo escondiendo de las autoridades en una de sus guaridas en las montañas y eludió varios operativos militares y policiacos.

 

Cuando volvieron a capturarlo en febrero de 2014, escapó de prisión otra vez. Esta vez, lo hizo a través de un túnel iluminado, de más de un kilómetro de largo, que daba hacia la regadera de su celda.

Sin embargo, después de su último arresto, en enero de 2016 después de un enfrentamiento armado en Los Mochis, Sinaloa, Guzmán fue extraditado a Nueva York, donde los fiscales federales lo habían imputado en 2009.

 

 

Guzmán estuvo bajo el ojo de la justicia de EE.UU. durante años

El principal cargo en contra del Chapo lo acusaba de ser el principal líder de una operación criminal para comprar drogas de varios proveedores en Colombia, Ecuador, Panamá y el Triángulo Dorado de México, comprendido por los estados de Durango, Sinaloa y Chihuahua, donde se produce la mayor parte de la heroína y la marihuana del país.

 

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También se le acusó de haber obtenido $ 14 mil millones a lo largo de su carrera al transportar hasta 200 toneladas de narcóticos a través de la frontera con Estados Unidos mediante yates, lanchas motoras, botes de pesca, aviones, trenes de carga, submarinos semisumergibles, tractocamiones llenos de carne congelada y latas de jalapeños, así como otros túneles (uno de ellos oculto bajo una mesa de billar en Agua Prieta, México).

 

El enjuiciamiento de Guzmán Loera en Estados Unidos se planeó con años de anticipación y requirió del trabajo investigativo del FBI, la DEA, la Guardia Costera estadounidense, el área especial de investigaciones del Departamento de Seguridad Nacional y de fiscales federales en Miami, San Diego, El Paso, Nueva York y Washington. El equipo del juicio también dependió de decenas de oficiales de policía estadounidenses y de las autoridades de Ecuador, Colombia y la República Dominicana.

 

La fiscalía presentó una «avalancha de evidencia» contra el Chapo

La evidencia en contra del capo de la droga incluyó decenas de fotografías de vigilancia, tres series de libros contables detallados, varias cartas escritas a mano por el acusado y cientos de sus más íntimos, e incriminadores, mensajes de texto y llamadas interceptadas a través de cuatro operaciones independientes de espionaje telefónico.

 

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Andrea Goldbarg, procuradora de casos federales, dijo que el caso de la fiscalía era “una avalancha de evidencia” después de recapitular las pruebas, el 30 de enero. A Goldbarg le tomó un día entero resumir el caso ante el jurado, incluso con ayuda de una presentación de Power Point que tenía varias fotografías del Chapo.

 

Al centro del argumento presentado por el gobierno estuvieron los testimonios de los testigos, cual elenco shakespeariano, que subieron al banquillo y relataron varios secretos de la vida profesional y personal de Guzmán Loera.

 

Testigos contra el Chapo son una avalancha de criminales

Entre los testigos se encontraba uno de los primeros hombres empleados por el capo; uno de sus asistentes personales; su principal proveedor colombiano de cocaína; el hijo de su socio más cercano y alguna vez heredero del cártel; el experto en informática que contrató para sus comunicaciones; el principal distribuidor estadounidense del capo; un integrante del ejército de sicarios del cártel, e incluso una exdiputada y amante del Chapo con la que este escapó de la marina mexicana, desnudo, a través de un túnel bajo una tina en su casa de seguridad.

 

Ante la avalancha, los abogados del Chapo presentaron una defensa poco enfocada en evidencia y más en un intento de socavar la credibilidad de los testigos, muchos de los cuales son criminales confesos con historiales de mentir, engañar, traficar drogas y matar.

 

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Ciudad VLC/Tomado de The New York Times

 

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