En los últimos meses, en las ciudades de mayor concentración poblacional y comercial de Venezuela, han proliferado los famosos bodegones con productos importados de la más diversa índole.

Ellos ofrecen un testimonio orgánico sobre las transformaciones económicas que vive la sociedad venezolana en la actualidad, mediante la aplicación de una doctrina de shock neoliberal que se apalanca con las sanciones estadounidenses y que ha agudizado los desequilibrios históricos del país.

bodegones en Venezuela

En un extenso trabajo publicado en el portal Misión Verdad, se reseña como el incremento de dólares por concepto de remesas, a medida que el ingreso petrolero se reduce por el bloqueo de Washington contra PDVSA, ha traído como correlato una mayor circulación de la divisa norteamericana en la calle, abarcando, según datos del presidente de Datanálisis Luis Vicente León, a más del 40% de la población.

Como resultado, la escala de precios y los métodos de pago se han ido dolarizadando, alineándose con el mercado internacional y dejando al bolívar y al salario en una situación de agonía frente a la crudeza de una violenta globalización neoliberal de la cual protegía la distribución de la renta petrolera.

Cuando Estados Unidos embargó la renta petrolera a través del bloqueo a las exportaciones de PDVSA, y robando descaradamente empresas como Citgo y Monómeros, sabín muy bien lo que hacía.

Ahora se ven con claridad los perversos efectos de una estrategia pensaba para destruir.

Pero en el marco de la opinión pública, los bodegones en Venezuela se han transformado en un eje para contrastar la situación política y económica del país, la veracidad de algunas premisas y el mismo marco de comprensión de una realidad que abofetea, pega y castiga. Y este es un factor igualmente clave.

 

UNA FALSA PREMISA Y UN FRASCO DE NUTELLA

Se suele afirmar que la existencia de los bodegones negaría la del bloqueo económico y financiero impuesto por Washington a Venezuela, dada la evidencia de que están circulando productos importados que entran al país sin restricciones.

¿Cómo puede haber bloqueo económico si los bodegones están a reventar de mercancías traídas desde afuera?, se pregunta la víctima de una estrategia bien pensada para desinformar y confundir.

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 fiebre de los bodegones

Este razonamiento, inducido en buena medida por la «prensa libre», parte de una premisa falsa.

Y es que los bodegones no niegan el bloqueo, más bien lo confirma, iluminando con mayor claridad sus parámetros de funcionamiento y alcances en la vida económica del país.

El bloqueo, a modo muy genérico, implica una restricción a las actividades de comercio e importación que realiza el Estado venezolano a través de distintas instituciones como el Banco Central de Venezuela, PDVSA, Bandes y otros relacionados al comercio exterior.

Es evidente que a medida que ha recrudecido el bloqueo, las operaciones del sector privado se han visto afectadas, pero nunca a una escala similar.

En paralelo a la restricción de las importaciones públicas de alimentos, medicinas, repuestos, maquinarias y otros productos básicos para la vida del país, muchas importaciones privadas se han estimulado.

Nno sólo por no estar sujetas a las restricciones de Washington, sino porque cubren el vacío inducido que han dejado las importaciones estatales en distintos rubros.

En tal sentido, el bloqueo representa un arma de control económico que favorece a los capitales privados mientras persigue el desmantelamiento de la esfera de lo público.

No se trata, únicamente, de la obstaculización concreta de las importaciones, sino de cómo Washington decide arbitrariamente cuáles importaciones se realizan y cuáles no a través de su politizado sistema financiero.

¿Se puede importar Nutella y pasta dental? Por supuesto. ¿E Insumos para tratamientos oncológicos subsidiados por el Ministerio de Salud? No, eso sí que no se puede.

En términos estructurales, el bloqueo es un instrumento artillado del neoliberalismo, toda vez que promueve la destrucción de los servicios públicos y subsidios del Estado venezolano a beneficio del violento metabolismo del capital privado.

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DE VUELTA AL COMISARIATO

Uno de los primeros bodegones en Venezuela vino junto a los campamentos que las compañías petroleras estadounidenses se vieron obligadas a instalar para viabilizar sus operaciones de extracción petrolera en distintas puntos de la geografía nacional.

bodegones en Venezuela

La disgregación territorial y demográfica en la que se encontraba Venezuela tras un siglo XIX marcado por las guerras civiles, provocó que la compañía del adinerado John D. Rockefeller (la Standard Oil y su rosario de filiales) invirtiera en fabricar auténticos campos de concentración para obreros, trabajadores medios y los arrogantes gerentes y personal técnico especializado.

Esta decisión era acorde a los intereses capitalistas de las empresas norteamericanas:

Los lugares donde se ubicaron los primeros pozos petroleros, en su mayoría estaban distanciados de los pequeños poblamientos que sobrevivieron al ciclo de guerras civiles y que no se habían expandido o desarrollado desde la conquista española.

 

«CIUDADES» DE LA NADA 

Entonces había que crear «ciudades» de la nada, donde los obreros pudieran, al mismo tiempo, trabajar jornadas extenuantes, descansar, comer, comprar y recrearse según los parámetros establecidos por una cultura extranjera.

Con los comisariatos, la compañía petrolera de Rockefeller estaba creando el primer antecedente del supermercado moderno en Venezuela: un dispensario donde podían encontrarse productos importados de todo tipo tasados en dólares, la moneda del conquistador.

En estos bodegones petroleros, que funcionaban como enclave de la cultura de consumo estadounidense, los gerentes y el personal técnico mejor pagado podían abastecerse con productos que lo dotaban de estatus y superioridad frente al personal raso.

Durante un arco prolongado de tiempo, las empresas norteamericanas pagaban los salarios en fichas o bonos cambiables en el comisariato (a través de una tarjeta perforable), de esta forma se lucraban con la importación de los productos importados al mismo tiempo que masificaban el consumo de productos estadounidenses.

Con los comisariatos se introdujo el dólar, por primera vez, en la cotidianidad del país, abriendo una brecha atroz entre la arrogancia del estadounidense que podía comprarlo todo en el comisariato y el peón que debía conformarse con el bono que le daban.

Ese sentimiento de resentimiento y admiración es la semilla del violento salto de Venezuela a país «moderno».

El dólar como símbolo de desigualdad

Desde esta perspectiva, la «fiebre» de los bodegones se desdobla como fenómeno y recordatorio en tiempo presente. Por un lado, nos indica que la cultura de masas del comisariato petrolero caló profundo, pero también, que el dólar vuelve a erigirse como símbolo de desigualdad, estatus y supervivencia.

A más de 100 años de país petrolero a conveniencia del proyecto geopolítico estadounidense, el comisariato devenido en bodegón recuerda no sólo la huella de una cultura importada, sino también ese fragmento positivo del espíritu venezolano que se encarnó en Chávez, y que ha sabido sobrevivir a una guerra continuada, la que empezó con el comisariato y ahora marca su línea de continuidad con el bloqueo.

Porque de lo contrario, no estuviéramos aquí hablando de esto.

Es tan simple como esa intuición que sigue configurando la insistencia por defender nuestra última línea de defensa, la de la nacionalidad.

 

 

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Ciudad VLC/Misión Verdad 

 

 

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