Imperdibles del periodismo (11): Mariátegui es una glosa sobre el trabajo periodístico de este referente latinoamericano. JCDN. 

 

Un clásico de nuestra literatura política y ensayística

José Carlos Mariátegui (1894-1930), el Amauta, no sólo representa una voz significativa del ensayo político y literario en Nuestra América, sino también la insurgencia de un magisterio continental que comparte con egregios como Simón Rodríguez, Aníbal Ponce y Paulo Freire. Al igual que César Vallejo, ejerció la crónica periodística oponiéndose a la trasmutación del escritor en periodista propiciada históricamente por la burguesía en una operación simultánea de mercadeo y substanciación ideológica.

Los artículos de Mariátegui, si se quiere, poseen tres abordajes: el político, por vía de la captación multilateral y el análisis marxista mestizo del escenario a considerar; el metafísico que trae consigo la recreación de un mito revolucionario susceptible de agitar al proletariado; y el estético, a través del ojo heterodoxo y lúdico que preside una crítica liberadora del arte.

“Biología del Fascismo” sigue siendo un panorama extraordinario y punzante de esta pandemia política, social y psicopatológica. La prosa transparente y la mirada atenta a la escena internacional, nos aporta una descarnada y flemática aproximación al fascismo italiano que luego se exportaría a Alemania y el resto del mundo: Más que cosmovisión política, fue el detritus indolente de la República parlamentaria de raigambre burguesa,  activismo de slogans y cabillas que excluyó una auténtica discusión política. No sólo entonces sino ahora mismo, tenemos que la clase media persiste en ser su feligrés más devoto y sumiso.

SIGUE ESTE CONSEJO DE TELESUR

Lo mismo ocurre con la intelectualidad descastada con sus D’Annunzio, Marinetti o Pino Iturrieta [“Los intelectuales forman la clientela del orden, de la tradición, del poder, de la fuerza, etc., y, en caso necesario, de la cachiporra y del aceite de ricino” (Mariátegui, 2010, p. 102)].

Puede acompañarse su lectura con “La psicología de las masas del fascismo” de su coetáneo Wilhelm Reich, pues ambas referencias bibliográficas permitirían esclarecer en nuestro medio el influjo nefasto de tal tendencia política en el continente, tanto en las dictaduras militares del Cono Sur y los países caribeños durante el siglo pasado, como en el segundo aire de los gobiernos neoliberales de barniz demócrata en Brasil, Argentina y Paraguay hoy.

Un muy sugestivo retrato de José Carlos Mariátegui

El Amauta, como todo buen y denodado orientador o baquiano, nos guía hacia una convicción matinal de vida, militancia y escritura, eso sí, muy distante del nihilismo en todas sus manifestaciones ociosas.

Consideramos que no sólo coincide con Vasconcelos [“Pesimismo de la realidad, optimismo del ideal”], sino en especial con Gramsci que se aferra a la desconfianza intelectual y el vuelo de la voluntad respecto a la empresa revolucionaria. A tal efecto, dadas las dimensiones de esta tarea rebelde, el mito revisitado de la revolución social constituye su esencia misma: “Hace algún tiempo que se constata el carácter religioso, místico, metafísico del socialismo” (p. 51).

En el uso renovador de categorías que le den dinamismo y vitalidad al discurso argumentativo de la crónica, Mariátegui reasigna los roles de revolucionarios y conservadores cuando explica la presencia o ausencia de la imaginación respectivamente, elevando a los primeros y subestimando a los segundos en un juego de propaganda y pedagogía política.

La lucha de clases y el materialismo histórico como método recuperan su majestad en el campo del análisis discursivo y político, pues muy pocos saben que el maniqueísmo dilapida la riqueza semántica de los términos. Nuestro cronista mestizo restituye la calidad argumental y discursiva explorando las corrientes internas que esconde la cresta de la ola tremendista.

No extraña que Mariátegui haya dedicado también una aproximación estupenda a “La Quimera de Oro” de Chaplin, pues desarrolla una tipología enriquecida del personaje protagónico que acarrea también la fortaleza estética, política y esencial de la película: “Charlot es antiburgués por excelencia. Está siempre listo para el cambio, para la partida (…) Es un pequeño Don Quijote, un juglar de Dios, humorista y andariego” (p. 93).

En la crónica dedicada a Giovanni Papini, el pulso autoral en la apreciación de la obra literaria se asimila a un placer sibarita despojado, degustándola sin intromisiones academicistas e ideológicas. Sin embargo, más adelante el afán crítico saca sus púas flemática y simpáticamente: “Encolerizarse contra América por haber dado al mundo la patata, tiene que parecerle a todos un mero exceso de exaltación verbal” (p. 152). El comentario irónico viene a cuento por los extremismos orgánicos de Papini, no obstante su calidad literaria, que lo llevó de la revolución al catolicismo ultramontano.

Mariátegui en cambote familiar

Si revisamos los artículos de “El Artista y la época”, José Carlos Mariátegui descuelga un afán detallista respecto a la escala de grises, las degradaciones que exceden los colores puros y el pentimento subyacente en el discurso estético, lo cual le suma validez auténtica a la crítica con sus advertencias y prevenciones relativas al mercado capitalista del arte.

Por ejemplo, “La realidad y la ficción” no sólo es una apología a la narrativa fantástica que acomete una recreación inaudita de lo real, desdiciendo la fragilidad del realismo ramplón burgués y socialista, sino una mirada optimista al futuro que nos obsequiará la literatura de García Márquez,  Cortázar, Borges y Carpentier.

Asimismo denuncia de manera sosegada pero implacable el populismo en la política y la literatura, no sólo en su realización creativa sino en especial su evaluación crítica. Qué podría esperarse de un escritor de raza como éste que abomina de la latinidad de los Césares para reencontrarse en la rebeldía pedestre de Espartaco.

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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