LA COMUNA QUE UNO BUSCA

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La Comuna que uno busca se refiere a la mejor manera de vivir en libertad con el prójimo. JCDN.

LA COMUNA QUE UNO BUSCA

José Carlos De Nóbrega

Desde el punto de vista político, social y económico, se ha escrito y conversado sobre la comuna, sin importar la diversidad de sus variantes. Las hubo en la derrota y el fracaso coyuntural, pues los poderes fácticos se enculillan con las Utopías susceptibles de realización en tiempo real. Otras fueron más afortunadas, muy a pesar de que la Colmena bulle en un silencio creativo, humilde y prudente. Por supuesto, la Comuna es un asunto personal de corazón y ámbito espiritual que afecta lo colectivo y el contexto histórico.

La Comuna no es el sadismo facha y esquizoide de Charles Manson, ni la franquicia que convirtió al Che Guevara en un combo de malos bienes de consumo, mucho menos el delirio megalómano de Jim Jones en Guyana. Tampoco Pol Pot en Camboya. No es la vocación suicida de David Koresh en Waco-Texas, ni el terrorismo ultramontano que voló edificios federales y torres morochas en USA, así como destruyó patrimonios humanos y culturales en el Medio Oriente.

Sí son Cristo y sus apóstoles y pobres del Evangelio del Cambio, el cristianismo primitivo de las catacumbas, la comunidad evangélica de Solentiname coordinada por el poeta Ernesto Cardenal, las reducciones jesuitas sin el hándicap del modelo comunal teocrático dominante, y la que promovieron los místicos españoles, los anarquistas y socialistas de a de veras. Por supuesto, no podemos obviar la Edad Dorada referida por el Quijote a los Cabreros, la que conformaron el trío de la Residencia de Madrid [García Lorca, Buñuel y Dalí], y la poesía del Decir de todos los tiempos [Vallejo, Miguel Hernández, Blas de Otero].

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De la dimensión histórica se puede trascender al tiempo presente, pues configura un interesante y significativo proceso de aprendizaje conducente al buen vivir. Los fracasos de la Comuna de París, de las reducciones jesuitas del Paraguay reducidas a pólvora y cuchillo por las coronas de Portugal y España, de la Gran Colombia –quizás la más ambiciosa y extensiva-, las de los hippies y las de la Contracultura de aquí y allá, el Hombre Nuevo convertido en Panal por el Che, entre otras experiencias al respecto, son todavía magníficos papeles de trabajo para edificar un mejor Hoy.

No podemos pecar de ingenuos, ni admitir que tales iniciativas de ayer y hoy pertenecen a la enfermedad del adolescente eterno. Constituir cada quien con cada cual la comuna que se busca, no es cosa fácil pero si liberadora de los vicios del Siglo. No amerita la venia de poder fáctico alguno dentro y fuera de nuestro mundo íntimo. Se puede llegar a acuerdos de bienestar común y natural, sin que se impongan relaciones abstrusas y desencaminadas de Poder. Máxime en estos tiempos revueltos.

Mi experiencia actual me lo ratifica. Renuente a pertenecer enfermizamente a fórmulas institucionales jerárquicas, las he tenido gratas e ingratas. Desde el Movimiento Universitario Evangélico Venezolano (Mueve, el del mural del Rectorado ya descascarado), pasando por el religioso-pragmático y alienante de “Alfa y Omega”, la muy provechosa en AA, lo cultural por vía del Grupo Li Po y hasta las invenciones extremas del COMISARAVI (Colectivo Místico Anarquista Rasputín Vive) que pueblan cuentos y crónicas, la cosa no involucionó en el fracaso [auto] impuesto de afuera, ni en la depresión, sino fue construyendo el camino contingente de mi formación intelectual y emocional.

Las comunas se hacen añicos, además de la predatoria presión exterior, por el envenenamiento interno de las malas lecturas del contexto, el egocentrismo y, peor aún, la superioridad moral que precisamente apuntala las relaciones abusivas de poder. Mi buen devenir facultativo recomienda, pese a nuestros oídos tapados y malas mañas, el diálogo y la tolerancia predicados por el Cristo liberador y ecuménico-incluyente [Gandhi y King], no con el de palo del episcopado cómplice del desmadre del mundo.

En estos momentos difíciles, la comuna que yo busqué y encontré en mis amigos Luis Alberto, Pedro, Ana Carolina y Luis Silverio y por qué no Brownie, Dinora, Tania, las dos Marías y Faver, el diario donde trabajo, Magaly, José Ramón, Ismael y Juan Carlos, Carmen y Juan Ruiz, entre no muy pocos, amén de mi amor por el arte y la literatura, me han ayudado a bien vivir en la pobreza material y en la riqueza [no opulencia] del espíritu. Gracias a ello(s), la cucaracha escarnecida de Kafka en la buhardilla familiar recuperó la Humanidad total.

Si les sirve de algo este testimonio, no desmayen. Dedíquense a las cosas y, por supuesto, a las personas que aman para conformar cada grupo la suya, ello en el ejercicio de una ciudadanía en libertad amorosa, solidaria, humorística y combativa. Los desencuentros o las dificultades ofrecen la posibilidad real de cambiar nuestros alrededores, siempre y cuando nuestro ego no aplaste al Prójimo, nuestro igual, independientemente de las peculiaridades del cuerpo diverso y de buena voluntad de Venezuela y América Latina.

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

 

 

 

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