Si en algo coinciden algunos pensadores e intelectuales, a lo largo y ancho del mundo, es en afirmar que la mente humana está siendo utilizada como un gran y muy complejo campo de batalla, que está siendo sometida a silentes, sistemáticos, eficaces y muy letales bombardeos mediáticos y propagandísticos.

 

Estos bombardeos y propagandas terminan haciéndoles aceptar a las personas ideas y conceptos que comienzan a defender como propias, porque aparentemente surgieron de manera “espontánea” de sus más férreas convicciones, y profundos valores, éticos y morales.

 

Basta con investigar sobre la teoría de “la ventana overton” para concluir que nada esta más lejos de ser así; pues estamos siendo tristemente utilizados, más aún, manipulados como marionetas en una obra donde si las personas se descuidan, terminarán siendo los soldados en ese campo de batalla abstracto y sin forma, aunque muy bien definido por la ciencia que estudia la mente humana.

 

 

Por tal motivo, ingenuo es pensar en la inminencia de una tercera guerra mundial cuando, de hecho, el hombre solo ha tenido aproximadamente un mes de paz -no continuo- desde que finalizó la segunda gran guerra, o mejor conocida como la segunda guerra mundial.

 

Desde entonces, en algún lugar del planeta, siempre ha habido naciones que han optado por resolver sus conflictos y diferencias a través del contundente e irreflexivo lenguaje de las bombas y los disparos.

 

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En ocasiones, no se ha tratado de guerras convencionales, -o por lo menos no como se supone que debe ser una guerra-, sino de invasiones, que en algún momento fueron llamadas ilegales por el Papa Juan Pablo II, hecho al cual nos tienen acostumbrados escalofriantemente los Estados Unidos de Norteamérica (EE.UU.).

 

Invasiones que se sustentan sobre la base de mentiras, los llamados “falsos positivos”, manipulación grosera de los medios de comunicación con mensajes fabricados al más puro estilo Hollywood para alcanzar sus viles objetivos.

 

Tal es el descaro de los EE.UU., que luego de invadir, y tras matar sin distingo tanto a militares como a civiles (hombres, mujeres y niños), informan, como si nada, que se “equivocaron”, utilizando los mismos medios de comunicación de los cuales se valieron para mentir, pues las “pruebas” que los respaldaban nunca fueron suficientes o, simplemente, nunca existieron, y, para mayor asombro, en la comunidad internacional eso pareciera no causar ninguna indignación; hay un silencio cómplice.

 

La gran pregunta que viene a colación es: ¿Hasta cuándo la población mundial estará dispuesta a dejarse engañar?

 

 

José Becerra / Ciudad Valencia

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