La literatura en cana explora la prisión como ámbito y tema, haciendo referencia a la literatura nacional, latinoamericana y universal.

La literatura como mirada impertinente y transformadora del mundo, no puede pasar por alto las situaciones extremas por las que ha atravesado la Humanidad en su devenir histórico. El encarcelamiento es una experiencia límite muy intensa, al igual que el éxtasis místico, la carnicería de la guerra y el erotismo en todas sus manifestaciones.

Sin establecer taxonomías inútiles que esterilicen el cautiverio penal, encontramos que la escritura tras las rejas comprende a autores consolidados [Oscar Wilde, Rufino Blanco Fombona, Alfredo Arvelo Larriva, José Rafael Pocaterra]; testimonios autobiográficos inmediatos en lo político y lo vital [Abelardo Cuadra o Jacobo Timerman] y la insurgencia sorprendente de voces marginales o subalternas de diverso registro y calidad [Jean Genet, Pedro Serrano Toro –Barrabás-, Ramón Antonio Brizuela o Eleuterio Sánchez –El Lute-].

En este maravilloso ensayo, Foucault aborda el enclaustramiento en el sistema penitenciario

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La ficción literaria y cinematográfica se prenda salvajemente del Presidio en tiempo histórico y real, pues integra notablemente la sintomatología crónica y bipolar de nuestras sociedades: La institución penitenciaria que vigila y castiga, se asemeja a otros aparatos ideológicos del Estado como la Escuela, la Iglesia e incluso los Museos, pues se asimilan a la metáfora del Mausoleo como compartimiento estanco en el que se hacinan los hombres, las palabras y los objetos estéticos.

Ensayo literario de Julio Miranda publicado por la Universidad Cecilio Acosta, Zulia

Tomaremos, en la redacción de esta glosa breve, como referencia vinculante el “Retrato del artista encarcelado” (1999, Universidad Cecilio Acosta) de uno de nuestros grandes amigos, el crítico y escritor cubano Julio Miranda. El brillante ensayo de Miranda, partiendo de la auténtica categoría existencial que es la vivencia carcelaria, nos pinta los retratos de Oscar Wilde, Alfredo Arvelo Larriva y José Martí.

Desdiciendo la propaganda victoriana que aún aturde desde Inglaterra y Estados Unidos, el ensayista cubano coincide con José Emilio Pacheco en su captación enriquecedora de Wilde, pues detrás del dandy disimulado se esconde tras bastidores el aguijón crítico y libertario que escribió la comedia “La importancia de llamarse Ernesto”, la novela “El Retrato de Dorian Gray”, el ensayo “El alma del hombre bajo el socialismo” y los textos presidiarios “Balada de la Cárcel de Reading” y la “Epístola” dirigida a su díscolo amante Lord Alfred Douglas. Su intervalo creativo comprendió el desmontaje lúdico del conservadurismo victoriano, el terrorismo ético y existencial en la escisión de la personalidad de Dorian Gray, la subversión política y la paradójica “mística del sufrimiento” que lo reduce a la derrota y el desprestigio social.

El escritor irlandés Oscar Wilde

¿Acaso Wilde sobrestimó su ingenio y talento discursivo, subestimando al punto el corazón predatorio de la sociedad conservadora británica? ¿El juicio en su contra no puede extrapolarse al proceso traumático de tutelaje colonial y represivo de su Irlanda, con el Ejército Republicano Irlandés crecido a expensas del Domingo Sangriento cantado luego por U2?

Oscar Wilde apuesta todavía por la inteligencia rebelde que se revela amorosa: “Cuando el hombre haya comprendido el individualismo, comprenderá igualmente la simpatía hacia el prójimo y la ejercerá libre y espontáneamente”.

El poeta Alfredo Arvelo Larriva desarrolla una obra poética en prisión que apuntala el erotismo, por supuesto, como manifestación compulsiva por la vida. En “Sones y Canciones” (1909), parafrasea a Santa Teresa de Ávila mientras su imaginación sensual besa y muerde las pulpas de la mujer: “Ay, Dios mío ¡Yo que muero sin vivir, / yo que muero cuando no quiero morir!”

Una biografía de Alfredo Arvelo Larriva

El orgasmo estético modernista además de metaforizar el cuerpo femenino componiendo bodegones frutales del trópico por devorar, nos retrotrae el cautiverio de San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, sólo que en un desafío abierto y rebelde al Cabito y luego al Bagre.

Instado por su compañero de generación, Rufino Blanco Fombona, Arvelo purgaba pena por matar a un posadero que irrespetó su honor. En “Diarios de mi Vida (1904-1905)”, Blanco Fombona describe el encierro compartido con él en la Cárcel Pública de Ciudad Bolívar. Recordemos que además de los Diarios, Don Rufino escribió “Cantos de la Prisión” y su novela terrorista por excelencia “El hombre de hierro” [epitafio de la cautividad ciudadana y el despropósito político de su tiempo].

Generación egotista, duelista y libertina que incluyó también a Vargas Vila y la militancia y el martirologio anti-colonialista de José Martí. En el caso de Martí, el encarcelamiento adolescente se prorrogó en el exilio y el deterioro físico, sobre todo manifiestos en las crónicas de New York, el ensayo sobre “El presidio en Cuba” de 1871, el epistolario y la poesía: Nos encontramos con el Job revisitado, reivindicado y revitalizado hoy [“Quisieron tasajearme, pero no era preciso: yo me dejaba para poder seguir andando”].

José Martí en cana

Otro libro notable construido en el encarcelamiento político, es “Hombre del Caribe” (1979, 2da edición, EDUCA) del nicaragüense Abelardo Cuadra. Una autobiografía vitalista e itinerante o, mejor aún, bitácora épica que reedita la Odisea Homérica y recrea su propia y peripatética Jodisea [desde el levantamiento del informe sobre la muerte de Sandino, “Total: catorce asesinos y conmigo quince”; protagonizando el segundo alzamiento contra Tacho Somoza que le valió la prisión perpetua; hasta su ulterior fuga para embarcarse en el combate contra las dictaduras de Trujillo y Batista]. Muchas de sus páginas manuscritas fueron sacadas de prisión por su hermano Luciano, contrabandeadas en el meritito interior de naranjas ácidas y dulces. Reiteramos su extraordinario parecido con el coronel Aureliano Buendía, héroe ignorado de las mil batallas perdidas que cambió los honores militares por la elaboración infinita de pescaditos de oro.

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Don Abelardo Cuadra Vega

El malandraje que ha escrito sus libros, construye también una narrativa y una cantata a contracorriente del Poder, eso sí, desde la marginalidad que transita caminos más tortuosos.

Tenemos el “Diario del Ladrón” (1949) de Jean Genet, como punto de arranque de una obra literaria audaz y ambiciosa que se abrió paso cavando un túnel de fuga hacia el indulto y el reconocimiento. El venezolano Pedro Serrano Toro, Barrabás, no sólo sirvió de modelo que le permitió a Otero Silva crear a Victorino Pérez en la novela “Cuando quiero llorar no lloro”, sino también ha escrito a la fecha cinco libros [destacamos “Si te acercas, te mato” (1979)]. El documental “Barrabás” (2009) de Giuliano Salvatore excede la confortabilidad del discurso edificante pequeñoburgués. Valga la salsa cabilla de Palmieri y Quintana: “La libertad, caballero, / no me la quites a mí”.

VE EL DOCUMENTAL “BARRABÁS” DE GIULIANO SALVATORE

José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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