Llegando a Valencia de la mano de Aquiles: Me vine a vivir a Valencia, después de haber ganado el concurso para ingresar como profesora a la Escuela de Educación de la Universidad de Carabobo; venía de Maracaibo, conocía poco o nada la ciudad y tenía veinticinco años.

Mi familia, mis padres, Sergio Antillano y Lourdes Armas, eran amigos muy cercanos de Aquiles Nazoa, bueno, lo éramos todos en la familia entonces. Ellos se habían conocido en los tiempos del Taller Libre de Arte, en Caracas, y mamá era artista plástico y mi padre periodista, intelectual de esas diatribas insurgentes de los ‘40 y ‘50.

Sus vínculos eran de ese contexto, la generación evaluadora de los años cuarenta del siglo XX con el reporte de sus gestos en el arte y las ideas de entonces.

Aquiles nos visitaba en Maracaibo con frecuencia, y de cuando vivíamos aún en Caracas recuerdo algunas navidades que juntaban a las dos familias. Por ello, al venirme a Valencia, mi mamá (sobre todo ella) debió haberle encomendado a Aquiles que me acompañara un poco en esta adaptación a una ciudad diferente y una vida distinta y distante de ellos allá.

 

Aquiles, Amanda, Diana, Claudia
Aquiles con Amanda y Diana (hermanas de Laura) y la sobrina de ellas, Claudia.

 

Aquiles lo cumplió a carta cabal. Si yo lo visitaba en Caracas, escapándome algún fin de semana, él tenía la osadía de venirme a traer en su carrito, y así la conversa se prolongaba y la compañía, siempre grata.

Y mis primeros días de instalación en Valencia no puedo dejar de recordarlos sin su presencia. Llegué a vivir en la calle Comercio de San Blas y no conocía nada. Aquiles se empeñaba en que camináramos para que aprendiera a orientarme y disfrutara de mi nuevo entorno urbano, tan diferente a Maracaibo.

Entonces recuerdo que en esos paseos él no podía ver una casa con jardín, que estuviera solitaria en su espacio externo, porque me hacía entrar, en su compañía, con mucha mesura y vigilancia, sencillamente para tomar florecitas del lugar, que con frecuencia eran trinitarias en enredaderas, o flores de berbería de diferentes colores, lo hacíamos y salíamos apuradísimos, evitando cualquier encuentro innecesario.

Se divertía con las cosas más sencillas y me enseñaba a mirar los detalles de las calles y la gente en su empeño por mi adaptación a la nueva ciudad.

Muy pronto estuvo vinculado a los eventos de la todavía Escuela de Educación en Bárbula, donde yo pasé a compartir mis responsabilidades de las cátedras de Lenguaje y Comunicación, con la coordinación de la Extensión Cultural.

 

Aquiles Nazoa en la vieja Facultad de Educación UC
Aquiles Nazoa en la vieja Escuela de Educación de la Universidad de Carabobo (UC).

 

Tengo muy gratos recuerdo de aquel entonces, donde la inventiva superaba con creces a la posibilidad de mayores recursos económicos, y mamá era una cómplice de aquello, encantada con participar ella también desde Maracaibo en lo que inventábamos.

Una de las programaciones más gratas fue la organización de una exposición, en la Biblioteca de la Escuela, de juguetes tradicionales, desde la perinola y las metras, a las muñecas de trapo, los carritos de tabla, todo eso pequeño, modesto y sencillo, que formaba parte de la vida normal de niños y niñas de Venezuela y del mundo, en el grado de lo humilde, producido en la casa y casi de la nada.

Mamá me hizo llegar una gigantesca muñeca de trapo enviada desde Cumaná, y ella misma claveteó carritos, escaleritas, muñequitos saltarines que dependían de un sencillo mecanismo: pendiendo de dos tablitas laterales que, al apretarse en un toque, les llevaban a saltar la cuerda.

 

Aquiles Nazoa-Muñecas de trapo de Lourdes Armas
Muñecas de trapo hechas por Lourdes Armas para el libro “Vida privada de las muñecas de trapo”.

Aquiles vino con una cierta frecuencia a nuestra Escuela de Educación de la Universidad de Carabobo, y disfrutaba mucho de esas locuras ocurrentes, hizo amigos entre el mismo personal de aseo y vigilancia de la edificación, todos lo conocían y querían su autógrafo, y él conversaba con la mayor sencillez con cada uno.

Y a las charlas sobre juguetes tradicionales siguieron otras, pero sobre personajes de alto calibre cultural como José Martí o Simón Rodríguez. Aquiles disfrutaba enormemente la realización de sus exposiciones explicativas, poéticas, llenas de anécdotas que enriquecían los conceptos, y manejaba su fina ironía al momento de hacer críticas, expresando sus ideas.

Su labor constante en la investigación de la historia, las costumbres del país, el lenguaje y sus usos diversos, la formulación de modismos populares, le llevaban a incorporar a su hacer creativo un sinnúmero de expresiones y construcciones, a veces humorísticas, que pronto se convertían en parte de los asuntos más buscados por los venezolanos que incursionábamos en su obra.

Posteriormente tuvo, y tendría por mucho tiempo, muchas otras razones para vincularse a Valencia; su amistad con Alecia Castillo, compositora, directora y creadora de la Coral Infantil de Valencia, y toda la gente agrupada a su alrededor, fueron para Aquiles una bella razón para visitar la ciudad, manteniéndose en vínculo creciente con los gestos y programaciones que se inventaban, de hecho, el montaje de “El Espantapájaros”, con la Coral, fue una de las actividades fundamentales de este grupo en conexión con la obra del poeta, con el intelectual amoroso y sencillo que fue siempre Aquiles Nazoa.

 

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Tuvimos el privilegio y la alegría de viajar con Alecia en una gira del grupo a los Estados Unidos con aquel montaje de “El Espantapájaros”, y recuerdo circunstancias muy gratas de esos eventos en uno y otro lugar. Donde ya el hecho de representar una obra de Aquiles Nazoa nos parecía motivo de aplauso.

 

Dibujo de Lourdes Armas a la muerte de Aquiles Nazoa-2 de mayo 1976.
Dibujo de Lourdes Armas a la muerte de Aquiles Nazoa, del 2 de mayo de 1976.

 

Y lo que hacía Aquiles con Carabobo lo hacía con muchos otros lugares de Venezuela, porque si alguien amó a este país fue precisamente él.

Por eso nos resulta de gran importancia que Venezuela celebre sus 100 años con eventos en todas partes y recordando su obra, retomando sus palabras y haceres, porque si algún intelectual del siglo XX lo merece es precisamente Aquiles Nazoa.

 

Laura Antillano / Ciudad VLC

 

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