«Para no morir del todo», veinte años después se refiere a una aproximación crítica y afectiva a este libro del poeta Fáver Páez. JCDN.

¿Recuerdan la película «Zelig, el Camaleón humano» de Woody Allen? Pues bien, me parezco a él, no sólo por lo feo y neurótico, sino en lo que toca a la ocurrencia de peripecias en las que nos vemos envueltos.

A Zelig lo había torturado el hecho de no leer «Moby Dick» de Melville, simulando el haberlo hecho para no desentonar con la sociedad «culta» circundante. De allí su problemática relativa a la [des] adaptación al medio.

A mí me tocaba saldar una deuda entre muchas, leer el único poemario publicado a la fecha por nuestro amigo y raspi-poeta [como a él mismo le gusta decirse y que le digan] Fáver Páez: «Para no morir del todo» (Predios, 2000).

Me cayó en las manos el libro en cuestión, veinte años después, y su lectura fue una experiencia grata e intensa en lo que toca al diálogo con un poeta auténtico.

Más allá de los mitos urbanos que acarrea consigo Fáver, asociados a un aura fúnebre supersticiosa, hemos topado con un objeto hermoso: Esto es un puente amoroso que vincula la vida con la muerte.

Ambas no son adversarias per se, sino un par de damas que se complementan en la relación contradictoria con aquellos que las amamos, odiamos o tememos a fuerza de fábulas propias y absurdas hasta el enculillamiento.

Impacta la sencillez de la expresión poética, ajena y opuesta a imágenes líricas de pacotilla, que configura un discurso austero e intenso hasta sacudirnos la mente, el corazón y las tripas.

Es posible la poesía en un inventario léxico muy pobre de alrededor de 200 palabras: La contención verbal, paradójicamente, dice muchas cosas e inspira infinidad de lecturas enclavadas en la emotividad. Como cantan los enanitos verdes, rock andino mediante, se puede aprender a querer desde la pobreza en todas sus implicaciones. De allí el adverso milagro que destila tan sólo la Poesía.

El inicio del conjunto lo declara sin artificios ni acertijos que apuntan a la versificación ingeniosa: «Quién quiere un poeta / quién quiere una docena / de palabras/ para lanzarlas al aire / al amanecer». No se trata de un reto experimental en el lenguaje poético, sino de empalmar con una vía posible de expresión y recreación poéticas del mundo.

La Infancia no es enclave nostálgico de plástico, ni el meta-poema una vil chanza teorética. Por el contrario, toda reflexión sobre el oficio poético, está vinculada con los puertos de origen, las ciudades de tránsito a la adultez e incluso la anticipación de la muerte [la que siempre nos acompaña por el hombrillo de la autopista, de la carretera vieja o de los caminos troncales de la vida].

Efectivamente «Esta mano que escribe / el poema y un instante / se detiene al lado de la página / un día se detendrá para siempre». No importa que la artritis o la artrosis dificulte la escritura de puño y letra: «cierro entonces el puño / para que no se me escape / todavía», claro está, la vida misma que excede la hoja en blanco -o garrapateada- y el contexto del siglo que nos toca padecer en la alegría y el amor.

Nos ha conmovido un tríptico de textos amorosos sin par que no pecan por ruidosos, sino por consecuentes con el Amor Loco surrealista, eso sí, re-expresado en una compulsión colindante con la sencillez e inmediatez de la palabra terrena.

Desde lo hiperbólico, apología osada y visceral de la amada, “Tramposa como eres / te amo”… “tan mi calle / tan mi mentira”; la lúdica “camunina” que aliña la seducción; hasta la relación que iguala en el anarquismo al maestro y la alumna: “mañana / nos amaremos / con toda la academia / necesaria”. Nos quedamos pues con esta bella utopía.

Las piedras tampoco son mera materia prima para que el poeta y el escultor cincelen un nuevo objeto. La Naturaleza y el afán creador se encuentran y desencuentran en la dura pero significativa encarnación de ser hombre en la Humanidad más plena, no en balde su contingente y compulsivo ronronear de voces múltiples y dispares: “Las estatuas mojadas / son seres / demasiado solitarios // (…) // Yo las siento sufrir / bajo el aire / del atardecer // y por instantes / pienso que en invierno / las estatuas / deberían usar / paraguas”.

Fáver no radica su poesía en la cita culterana, pero sí nos activa el puente lector que nos trae a colación otro poema de Eugenio Montejo dedicado a la estatua de Pessoa. Lo que en Montejo es cargar con cuidado al poema-padre, en el poeta oriundo de San Carlos de Austria encontramos que la angustia de las influencias no está exenta de amable y picante humor negro.

He aquí que la poesía emparenta a poetas tan distintos como Fáver y Eugenio, ambos sin duda de nuestra complacencia lectora y afectiva: Otra terredad inalcanzable los vincula en la memoria, la paisajística y, por qué no, la estatuaria que le dan forma a sus preocupaciones por el mundo. Dios nos ampare a los poetas y sus lectores.

Por si acaso, nuestro raspi-poeta se atornilla en su condición juguetona y creadora: “descansar / el sexto día / para que Dios / no se enfade / conmigo”. Valga esta lúdica transfiguración de Papá Dios laburando la semana entera.

«Para no morir del todo», veinte años después…


 

 

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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