Poemas zurdos de Manolo Cuadra presenta dos composiciones poéticas dedicadas a la lucha sandinista que adversó la presencia norteamericana en Nicaragua (1927-33). JCDN.

El poeta Manolo Cuadra

COPLAS

A Pablo Antonio Cuadra y
a Octavio Rocha

Mi querido Octavio Rocha,
y tú también, Pablo Antonio:
voy a cantar unas coplas.

Éstas que en Las Segovias
sonaban acompañadas
al son de ametralladoras.

No las que dijo la madre:
más dolor encierran éstas
cantadas bajo pinares.

Bajo selva de laureles
oyeras tú, Pablo Antonio,
el grito de los rebeldes.

Recordado Octavio Rocha:
De haber estado en la Guardia
habrías visto unas cosas…

Por ejemplo: que los cielos
llenaban de bote en bote
arcángeles bandoleros.

Del cansancio a la sorpresa.
Después, con el sol que quema,
un manantial de agua fresca.

En los llanos de Jalapa:
grama, llovizna, terneros,
los lindos de Lino Argüello.

Y siempre, siempre, unos niños
que vigilantes morían
con el nombre de Sandino.

Con él tuvimos balazos
en los cerros de El Chipote.
Se nos fue de entre las manos…

Las coplas llenas de sangre
que dichas bajo pinares
dan más tristeza a las tardes.

Pablo Antonio, Octavio Rocha:
Si queréis oír más coplas
bien puedo cantaros otras.

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Manolo Cuadra con Manuel Díaz Soteldo

SOLO EN LA COMPAÑIA

En las montañas más altas de Quilalí de las Segovias,
y en las zonas mortales de estas tierras heroicas,
entre diez y siete compañeros estrechamente unidos por la aventura
yo, Manolo Cuadra, raso número 3495,
iba
solo.

Hablan los compañeros de las coplas canallas
surgidas en la hora como una flor de alivio:
Cantinas, copas rotas, meretrices.

(Pero no me tienta la mochila,
menos la inútil precisión de mi rifle).

Yo voy como un tornillo fuera de mecanismo
diciendo a sotto vocce mis estupendas misas:
la tragedia de esta raza aborigen,
su pasado lleno de plumas y caciques,
el futuro elevado de su destino insigne.

Hoy por hoy voy de caza contra el indio furtivo
–extranjero en sus propias selvas americanas–
el que sembró cereales de esperanza
y cosechó vientos de pasión ciudadana;
el que enterró la esteva
en el abono de su campiña rica,
y vio truncarse el tallo de oro de su espiga
cuando dijo su augurio la boca de la Esfinge.

¿Y mañana?

Soplarán de los puntos cardinales
vahos vigorizantes de enviones proletarios:
algo que no sospechan las democracias:
espíritu de Rusia, cultura americana,
pues, en la misma gleba donde la bota hercúlea
tornó la arcilla estéril,
han de surgir, violentos, los estandartes nuevos.

Otra vez:

Cantinas, copas rotas, meretrices.
(Pero no me tienta la mochila,
menos la inútil precisión de mi rifle).

En las montañas más altas de Quilalí de las Segovias
y en las zonas mortales de estas tierras heroicas,
entre diez y siete compañeros estrechamente unidos por la aventura,
yo, Manolo Cuadra, indio, hijo de indios,
de pies electrizados por un amor de gleba
y ojos en los que asoma el orto de un sol nuevo,
repito que iba
solo.

Manolo Cuadra. Este poeta fue quizá el miembro más radical e irreverente del grupo de Vanguardia nicaragüense. Pese a las diferencias con sus cófrades de clase acomodada, Manolo Cuadra (Malacatoya, Granada, 1907-Managua, 1957) compartió con ellos una compulsión denodada por la Poesía del Decir. Fue Guardia Nacional para ganarse la vida, persiguió a Sandino y fue cautivado por este invencible guerrillero. A raíz de esta experiencia, compuso su libro de relatos “Contra Sandino en la montaña” (1942), en el que confiesa su nueva militancia marxista y antiimperialista, amén de la tensión entre el terrorismo de  estado y la réplica dura de los rebeldes. De él decía el poeta y compatriota José Coronel Urtecho que escribía versos como si diera golpes a un boxeador contrario.

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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