¿Qué releer? (4): Un cuento de Borges (1)

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¿Qué releer? (4): Un cuento de Borges (1) recomienda la relectura de El acercamiento a Almotásim, una pieza maestra de Jorge Luis Borges. JCDN.

El acercamiento a Almotásim, 1936, Jorge Luis Borges.

     Este subtexto, que juega impunemente con la noción elástica de género literario, forma parte del díptico “Dos notas”, contenido en el conjunto “Historia de la Eternidad” de 1936. En este caso, la reseña bibliográfica a una novela policial inexistente The Approach to Al-Mu’tasim de Mir Bahhdur Alí, nos conduce por un raro pasadizo a la ficción breve.

La trama sobre la trama supone no sólo el viaje del protagonista en pos de un hombre asombroso, sino un intento de ascenso místico desde el albañal a la claridad existencial, eso sí, sin salir de la inmundicia. “En algún punto de la tierra hay un hombre de quien procede esa claridad; en algún punto de la tierra está el hombre que es igual a esa claridad. El estudiante resuelve dedicar su vida a encontrarlo” (Borges, 1980, volumen 1, p. 302). La técnica que permite la irrupción invasiva de la ficción novelística en la tediosa, soporífera y vil realidad, sería asumida a su manera por Julio Cortázar años después en el brevísimo cuento “Continuidad de los Parques”, otra muestra narrativa de antología.

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La enumeración, recurso que Borges personaliza con inimitable maestría, le imprime cadencia e imaginería poética sin par al relato. Desde las opiniones de los críticos citados, la consideración de las ediciones de 1932 y 1934, acanalando la historia en un  resumen que procura atrapar la esencia de la obra, hasta pulsar la captación sensible y equívoca del reseñista innominado. No sabemos todavía, si la novela o su interpretación “ensayística” tratan de la búsqueda inédita e inversa de un Dios hecho hombre. He aquí la magia del juego de espejos borgiano.

Se nos antoja, entonces, la persecución muy particular de un homicida y ser abyecto por convicción [el estudiante de derecho proveniente de Bombay], en procura de atrapar la encarnación de una divinidad que se ubique más allá del bien y del mal [subyacería al punto un viaje físico y otro espiritual, el Dios se pasea por fuera y por dentro]. Claro está, la voz que simula su angustia de vida, no ceja en su afán crítico literario: “la novela decae en alegoría: Almotásim es emblema de Dios y los puntuales itinerarios del héroe son de algún modo los progresos del alma en ascenso místico” (p. 303, volumen 1). Evidentemente, la escritura delata precariedad, contingencia y una duda unamuniana que la retrotrae a una fe posible.

El hombre que en cuclillas orina en una sucia azotea y sobre la tierra estremecida por los motines de móvil religioso [entre musulmanes e hindúes], luego de que el estudiante hubiese apuñalado al Otro, es una metáfora actuante que le [nos] regala un resquicio de “ternura, una exaltación, un silencio, en uno de los hombres aborrecibles” (p. 302, volumen 1). De modo que la vida, no obstante sus laberintos por demás intrincados, es susceptible de adquirir un sentido trascendental que se contraponga al desmadre del entorno y el Siglo. Especialmente, si la pesquisa de cada quien –al igual que la índole del relato y / o reseñas- tritura las convenciones esterilizantes del tiempo y el espacio.

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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