UNA DE POLICÍAS (2): SOL LINARES

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Una de policías (2): Sol Linares es un comentario a la segunda novela de esta estupenda escritora trujillana, «Canción de la Aguja». JCDN.

Canción de la aguja, 2013, Sol Linares.

     Sol Linares (Trujillo, Venezuela, 1978), sin pretender emular desde el páramo andino a Patricia Highsmith, mucho menos descubrir el agua tibia respecto al género policial, nos ofrece una muestra conmovedora o graciosa pieza de terciopelo tendida en un alambre de púas.

“Canción de la aguja” es un relato policial sin querer serlo en la tipología del discurso literario narrativo: La novela de más de 300 páginas se deja leer con placidez extrema, no en balde la confección feliz y escrupulosa de un texto a retazos que fusiona lo policial con la novelística de iniciación y el relato fantástico, además de incorporar una parodia de la historia clínica. Coser un traje o un vestido a la medida, en este caso, se asimila a una poética válida, divertida e irreverente de la novela [esto lo hemos comprobado quienes han leído –con morbo y placer- toda su obra narrativa a la fecha].

Tanto es así, que la hemos trabajado desde la transfiguración ficcional de Jesucristo [el discursivo poético del que compone las parábolas: En los cuentos “La circuncisa” y “La silla de Judas”], andando por el relato policial [como en este instante, cuando leen el corpus de este ensayo compulsivo] y la picaresca de habla hispanoamericana [su primera novela “Percusión y Tomate”, con aires de pensión donde se muda gustoso Julio Garmendia]. Dispensen los colegas críticos nuestro enamoramiento literario y estético y, por suma gracia, personal. Pues Sol Linares son sus libros que emanan maravillas reconfortantes del alma agradecida y por demás afortunada.

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La relación entre Olinto y su madre sostiene la hermosura gratificante muy suya de este libro, no obstante los desencuentros habidos entre la vida compartida y la muerte que le arrebató a la muy sabia matriarca.

Olinto Barthélemy Merrit (el sastre francés) Peña administra una Comandancia General de la Policía, ubicada quizás en Catia, Caracas, o en Sulaco, Costaguana. La locación de verdad o ficción no cuenta, pues en ambos lugares flota quizás el estado mental de América Latina, entre la rebeldía libertaria y la agonía [en la acepción de Unamuno: lucha, combate, tensión] por sobrevivir y superarse como pueblo soberano y creador. Casado y con un hijo por venir, atraviesa la crisis de la adultez rayana en el tedio, cierta decepción inasible y la amargura. Una máquina de coser, perteneciente a su madre, sería el objeto vivificante o personaje objetual que sacudiría sus soporíferos días.

La inoportuna maquinita de corte y confección, más que herencia materna, se convertiría en un incómodo –al inicio- pero luminoso y reconstructivo vínculo entre Olinto y Doña Paquita más allá de la muerte de ella. El trabajo con el lenguaje es magnífico, pues aprieta e invisibiliza la costura del discurso narrativo mestizo o transgenérico. El habla de los sastres y costureras de barrio, artesanía verbal y objetual indiscutible, ennoblece el tenor poético de la novela.

Doña Paquita forma y se comunica con Olinto con ese calé dulce y severo a la vez, modulada por el ritmo y la melodía cursi de las radionovelas de Radio Rumbos o Continente. “Olinto es un hombre bien cosido, pero desconfía de mi puntada” (Linares, 2013, p. 32) nos lo confiesa la madre, mientras que Enriqueta –la nuera que no llegó a conocerla- le espeta a su marido “¿Viste? Hablas igual a tu madre. Describen todo en términos de costura: un hombre de punto enano, una vida de punto media vareta” (p. 20).

¿Acaso estos diálogos no son poesía vinculada con la cotidianidad? La ciudad, para importunarnos el disfrute de la vida, nos amella los instrumentos de captación poética de lo que nos rodea.

Olinto había optado por el hastío del funcionariado anónimo, no por un afán de escarabajo o cucaracha burócrata y sobreviviente [no importa que el mundo lo pongan patas arriba socioeconómica o políticamente], sino como recurso defensivo que lo haga pasar desapercibido y no someterse al escrutinio de terceros, sean hechiceros, coaches o psiquiatras escrutadores todos de almas esquivas: “Nadie pregunta jamás si un hombre que suma números tiene miedo, o siente frío, o esconde a otro hombre” (p. 49).

La transparencia de un Discurso Poético del Decir, no obstante complejo en su arquitectura escritural, no sólo nos saca de la realidad con fórceps sino que vocifera reconvenciones a la insensible, pacata y ridícula sociedad del siglo con la mala venia de explotadores y ciudadanos desprevenidos.

Claro está que de la denuncia y el jalón de orejas y patillas, se desprende la posibilidad del aprendizaje significativo del buen y lúdico vivir. El que tenga oídos para la cadencia y melodía del poema en prosa y en verso ennoblecedores, que oiga con atención y gozo ascendente. “El bolsillo es un pequeño estómago que se va llenando conforme el estilo y la personalidad de quien lo usa” (p. 82), filosofía expedita y bordado vital en lana mediantes.

En “La lengua absuelta”, Elías Canetti nos confiesa que eligió el alemán como lengua literaria, puesto que era el idioma en que sus padres se expresaban y profesaban un amor cómplice. Asimismo, Paquita y el pequeño Olinto se comunicaban en el castellano que los emparenta milagrosamente con el poema en prosa “Coloquio entre el cálamo y las tijeras” escrito en hebreo por Dom Sem Tob.

Se trata de una didáctica compartida de la costura que reivindica a las tijeras: La tijera, además de capítulo clave y punto de inflexión de la novela, es la correspondiente respuesta en prosa poética al poeta judío. “Un metal muerto, de piernas tiesas e hinchadas de acero que terminan en dos patas redondas, descansa sobre la mesa de cortar” (p. 222).

Lo que en el poeta medieval significa el triunfo de las letras sobre las armas [empero las letras recortadas a tijera fueran más hermosas que brocados y guirnaldas y que las más bellas muchachas], en Sol Linares la cosa se desparrama en el diálogo picaresco y vivaz de los objetos del taller de costura, que nos cita nuevamente a Julio Garmendia.

“Entonces un milagro le da vida a la tijera muerta.

Es la mano de Olinto, que aloja su dedo pulgar e índice en los orificios de sus piernas. La tijera cobra vida. Se mueve alegre, preparada para perseguir cualquier línea hasta el final de su viaje” (p. 225).

Los flashbacks en la película de Olinto que referencian su infancia, involucran una educación sentimental y otra simultánea relativa al oficio de la costura. La irrupción estrambótica de la madre penando en muerte, lo conduciría a la superación del complejo de Edipo y, en especial el de la culpabilidad auto-inducida.

El administrador policial, con el pretexto de que le hagan una chaqueta, comienza a encontrarse consigo mismo al retomar el uso habilidoso de la máquina de coser que fungiría de Santo Grial, objeto mágico que mueve su peregrinación o ascenso místico y existencial.

No en balde el pasado tortuoso de privaciones y peores recuerdos, amén de la inicial presencia etérea, inconsulta y si se quiere anárquica de mamá Paquita, el adulto va trizando el sinsentido cuando lo llevan y luego se encamina por sí mismo al río abundante de la vida. “La cremallera le estaba dando una lección de unidad. Tenía carácter, un caminar parejo de principio a fin” (p. 87). La tela, como el lienzo para el pintor, devendrá en un contingente pero restaurador estado de Gracia. Saulo de Tarso predica en Atenas al Dios no conocido y luego compone carpas como quien no quiere la cosa.

La parodia del discurso psiquiátrico [o psicológico de segunda] entrompa con un guiño literario, el cuento de Pedro Emilio Coll “El diente roto”, por supuesto sin la intencionalidad política del relato-padre. En el caso de Coll, la crítica social se manifiesta en la mala lectura situacional de los adultos desprevenidos ante el silencio repentino de el hasta entonces granuja Juan Peña. Linares perfila el pragmatismo matriarcal de Paquita ante el diagnóstico desacertado de la Orientadora escolar respecto al otro Peña, Olinto Barthélemy Merrit, a la que “murmuró con delicada sorna: // -¿Estaremos hablando de un filósofo?” (p. 89).

Por otra parte, Ludovico, el primogénito de Olinto, trae también lo suyo, pues desde la barriga materna le disputa la posesión de mamá Enriqueta manifestando la fluencia edípica desde temprano.

El acoso escolar del niño Olinto, cuando sus salvajes condiscípulos se enteraron de sus habilidades en el corte y la costura, tuvo un lamentable acto final: la violación infligida sin regodeos con un palo. Para colmo de males, luego de la mala noche posterior a la traviesa y envilecida penetración, él sería testigo del Caracazo o explosión popular y piquetera de 1989.

Visión cenital y metafórica de un infante en transición hacia la adolescencia y la adultez en un enésimo desmadre republicano, como si se reacomodara la pintura panorámica de Tito Salas y luego un penetrable de Soto que lo integró al paisaje harto violentado por la nueva circunstancia histórica.

Más adelante, en otro salto al pasado, tenemos otra perspectiva del acontecimiento que modificaría la historia de la nación: Resguardados del curso violento de los saqueos, tenemos un óleo que retrata la solidaridad entre el mocoso Olinto y Guasasa el hampón malherido, tan conmovedor como los cuadros de Murillo.

“Olinto miró al hombre, surtido de cicatrices. Le prestó calma encontrar elogios en esa boca sucia, rabiosa y apretada. Los ojos cerrados de Guasasa pacificaban sus callosidades, y podía pasar simplemente por un señor que se esmera en vivir o no se cuida de morir” (p. 238). Cuando el niño, humillado la víspera, cubrió al malandro dormido en el sofá, el lector se topa con que el lumpen también es nuestro prójimo, hijo predilecto del Dios que escribe día a día un Evangelio de Liberación social y redención espiritual.

La trama policíaca se va incubando subrepticiamente en la cotidianidad laboral de Olinto. Como en toda fuerza e institución policial a nivel universal, la corrupción posee las puertas abiertas y no admite resistencias ni tampoco elusiones que se presuman dentro de una ética de vida y de profesión. La infiltración del narcotráfico en la Comandancia, toma a nuestro sastre y administrador detrás de las orejas. Al punto de rechazar una oferta obligante, la de lavar dineros mal habidos. El desenlace acelerado se despliega al final, cuando el espíritu chocarrero de Doña Paquita se hace del cuerpo de uno de los personajes implicados, Maruja, por supuesto en el tenor de una comedia negra, para librar a su hijo de una muerte segura para él y su disfuncional familia.

Ludovico, convertido en sastre de las palabras, construye otra metáfora inmediata y poderosa que lo reconcilia con su padre: “Se parece a una aguja cuando canta, serenamente incomprendido” (p. 327). El traqueteo de la máquina de coser aborda el lienzo como la computadora afronta el blanco de la página, no exento el rumor de emoción ni nostalgia bien sentidas e intensamente trémulas: “Es sólo que, que en resumen, soy la mayor extensión de su estado lacónico” (p. 330).

Bibliografía:

Linares, Sol (2013). Canción de la aguja. Caracas: Fundarte.

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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