Vinotintos

Tenía tantas ganas de ver este nuevo clásico del balompié suramericano, entre Venezuela y Brasil, correspondiente a la Copa América 2019. Las mismas ganas con las cuales esa multitud fervorosa colmó las gradas del estadio en Salvador de Bahía.

 

Y tal vez más. Porque el periodista deportivo, entre otros atributos que exige esta profesión, debe ser imaginativo. Debe ser capaz de anticipar el acontecimiento. Debe prepararse para lo que pudiera ocurrir.

 

Imaginaba un partido electrizante, como lo demanda las múltiples declaraciones del cuerpo técnico de ambas escuadras, dichas a los medios de comunicación, días antes del ansiado encuentro.

 

Un agregado especial sería la presencia de Dudamel y Tite como estrategas. Imaginaba el enfrentamiento entre dos equipos audaces, dinámicos y dignos, decididos a tratar bien la pelota, como demanda su tradición histórica. Dignos de dos técnicos de tal jerarquía.

 

Imaginaba duelos apasionantes. Por un lado, la sabiduría y consabida solvencia de “La Pantera” Wuilker Fariñez, enfrentando la apetencia ofensiva de un mordiente Coutinho, potenciado por la creatividad de Neres, figura indiscutida en el Ajax de Holanda.

 

Por el otro, la vigencia del cancerbero canarinho Allison, acosado permanentemente por la velocidad y fuerza de Salomón Rondón, junto a la mordiente de Murillo y Machís.

 

En la zona donde se genera el fútbol, donde se crean las maniobras de gol, el talento de Everton y Arthur, confrontado con la soberbia dinámica de Tomás Rincón. Y la posibilidad siempre latente del crecimiento de Roberto Rosales, hasta lograr su auténtico nivel como jugador todo terreno.

 

 

Imaginaba también, después del partido, esta nueva versión de la Vinotinto de Dudamel, y los tan anunciados avances del scratch de Tite.

 

Todo esto fue, antes de comenzar los 90 minutos del partido jugado este martes.

 

Un triste despertar 

El triste despertar de un sueño previo, me trajo nuevamente a la realidad. Al finalizar el partido con un triste empate a cero, tuve la sensación de que a mí, también, como a la mayoría de los aficionados que acudieron a Bahía, y los millones que seguimos el partido por televisión, me robaron la ilusión. Triunfó el anti-fútbol.

 

Vinotintos

Ahí surgió, el choque brutal de lo imaginado con lo que realmente ocurrió.

 

La necesidad de archivar todo lo que había previsto, y contarles con absoluta franqueza, que en el clásico no se produjo nada de lo esperado.

 

Que no hubo equipos audaces, dinámicos y vitales. Que no hubo duelos espectaculares ni propuestas nuevas. No me dejaron el menor chance de analizar a fondo las propuestas de la Vinotinto, ni de la canarinha, simplemente porque no las hubo.

 

 

¿Quién debió ganar? 

Brasil ha debido ganar el partido. No porque haya hecho nada superlativo. Sino porque buscó y quiso más, aunque no pudo concretar el grito sagrado de gol. De Venezuela podríamos decir que fue el perdedor moral del partido, a pesar del resultado. Mereció la derrota porque no buscó ni planteó nada.

 

Como si se resignara a mostrar sólo lo que le sugiriera el trámite del partido, la Vinotinto mostró muy poco. Casi nada de aquello que preconiza Dudamel cuando habla de juego ofensivo y presionar al rival en el campo contrario.

 

Le faltó dinámica, cambios de ritmo, sorpresa, capacidad para desequilibrar a Brasil, tanto en el plano individual como en el asociado.  La Selección Nacional, no fue todo lo agresiva que debió ser cuando ha debido manejar la desesperación de los brasileros, al no poder conseguir abrir el marcador.

 

Algunas cosas positivas 

En la parte defensiva, sí podemos decir que Venezuela fue un equipo bien parado en la cancha, ordenado en el fondo, achicando espacios con criterio, sincronizado y con buen manejo de la línea del fuera de juego. El triángulo Rincón, Osorio y Villanueva, mantuvo siempre su cohesión y firmeza.

 

Fariñez nos salvó más de un susto, ante disparos certeros de atacantes amazónicos y un par de salidas achicando con maestría, como  solo él sabe hacerlo.

 

Otro detalle positivo, fue que dejamos de lado el viejo tema del pelotazo y la atropellada cuando no había forma de salir de la fuerte «presión brasilera», sobre todo en los últimos 30 minutos del partido.

 

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Brasil entró a la cancha ovacionado y se fue abucheado. En el primer caso, se saludaba una incógnita. Con toda la carga de fervor que puede poner el hincha del scratch. Con mucha más esperanza que certeza.

 

Visto desde el ángulo estrictamente brasilero, su actuación resultó poco convincente, aunque fue superior en combatividad y dinámica.

 

La esencia de su fútbol cambiante en el medio del campo, se basa en la dinámica y capacidad de hacer rotar la pelota, mientras crean espacios para los delanteros.

 

Casemiro, Arthur y Fernandinho estuvieron lejos de convertirse en bujías de su equipo. La tenacidad imprimida por Gabriel Jesús no fue suficiente para marcar notables diferencias.

 

La deuda que les reclamamos tanto a unos como a otro equipo, no es de pago imposible.  La Vinotinto pudiera cancelarla pensando más en lo que tiene y lo que puede, de cómo juegan sus rivales y las formas de neutralizarlos. Urge volver a la filosofía  de Richard Páez, resumida en una frase: “Que los demás se preocupen por nosotros”.

 

Brasil, por su parte, con un plantel de enorme jerarquía, debería romper la alcancía en la cual ahorró tanto como necesitaba y ser un poco más generoso. Arriesgarse a poner a tres delanteros delante de sus volantes, para volver a ser aquel equipo brillante que goleaba, gustaba y ganaba.

 

 

 

Claudio González Luna 

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