Imperdibles del Periodismo (18): Elena Poniatowska, se refiere a esta magnífica cronista y narradora mexicana. JCDN.

Elena Poniatowska. La segunda edición de “Luz y luna, las lunitas” (2007) de Elena Poniatowska (1942), nos deparó una experiencia afortunada como lectores.

Este volumen asombroso de cinco crónicas de mediana extensión, es también representativo del género en América Latina.

Posee esa impronta mestiza, contingente y poética muy afín a nuestra sensibilidad y realización escritural. No se trata de meros apuntes que prefiguran o complementan algunas de sus novelas, tales como “Hasta no verte Jesús mío” (1969) o “Tinísima” (1992).

La novela y la crónica intercambian a placer sus vestiduras como si nada, en un ejercicio de libertad creativa ajeno a la preceptiva, las jerarquías literarias y sus compartimientos estancos.

La novela coral se aviene con la intensidad vital de la crónica o el reportaje sobre el mercado periférico de Ciudad de México o, mejor aún, esa utopía indigenista y amazona que se realiza en Juchitán.

 

 

Oralidad popular

“El último guajolote” se propone con éxito una celebración multifocal de los vendedores ambulantes de la capital, al punto de reventar la oralidad y el hálito popular en la construcción discursiva: La voz de la cronista en primera persona se escinde en el vocerío de la clientela, la bulla callejera y el pregón de los vendedores [de donde el regateo es un duelo de hablas].

La tipología del mercado callejero se desparrama en la enumeración de los manjares y bienes a la manera de un poema de Bello o Neruda, o, si acaso, en el colorido Bodegón que ensaliva la mirada.

“Vida y muerte de Jesusa” no se limita a recordar a Jesusa Palancares, personaje protagónico de la antes citada “Hasta no verte Jesús mío”, pues también recrea con una gran franqueza y dulzura el vínculo muy humano establecido entre Poniatowska y la extraordinaria mujer que le prestó la vida.

 

 

LEE ESTE CAPÍTULO DE «HASTA NO VERTE JESÚS MÍO»

 

 

Elena en el otro

El personaje de la soldadera no es el aditamento esperado en una novela histórica que nos explique la Revolución Mexicana bajo una óptica inédita, sino más bien la emanación telúrica de pueblo que le permite a la autora descubrirse a sí misma en el habla y la personalidad seductora del Otro, el marginado o subalterno.

Bien sea en la feliz adquisición lingüística y vivencial de la mexicanidad “de a de veras” o, por vía amarga, en el frágil discurso del escritor socialista cuya vida no tiene qué ver con la sobrevivencia a campo traviesa de su prójimo.

“Juchitán de las mujeres” trasciende e imposta el tenor sociológico de la voz cronista para describir con entusiasmo y desenfado una Comuna Indigenista inaudita.

Esta vez el Jardín de las Delicias se come con gula al igual que la totona de las mujeres o los totopos que crujen de risa en el comal: “Absortos en el refugio de la tierra van al refugio de la boca a formar parte de su lenguaje” (Poniatowska, 2007, p. 83).    

 

 

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC 

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