Pedro Páramo de un tal Juan Rulfo es nuestra glosa a esta novela imprescindible de la literatura universal. JCDN.

Una hermosa edición de esta novela

Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo es un hito novelístico latinoamericano o, mejor aún, gran poema en prosa nos machaca lectura tras lectura que somos la estirpe amarga de Pedro Páramo, el patriarca envilecido y megalómano.

No en balde, el terrateniente troca en demiurgo esquizoide que crea, constituye y edifica a Comala, un universo imaginario devenido en averno a la puerta, donde cohabitan vivos y muertos. Juan Preciado va en su búsqueda y confrontación, reeditando el largo regreso de Odiseo a Ítaca: Ciertamente, el padre villano es un rencor vivo que esteriliza el alma con sus ángeles y demonios. La legión no sólo posee sus voces interiores propias, sino también las de los otros, los muertos [especialmente Dolores, la madre].

LEE PEDRO PÁRAMO DE JUAN RULFO

El monólogo interior forja poesía en prosa al fundir la oralidad campesina con el aroma multisugerente del paisaje y las cosas. Refiere Juan Preciado: “Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma, en tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento” (Rulfo, 1985, p. 14).

Una vieja edición del prestigioso Fondo de Cultura Económica

La multiplicidad del punto de vista narrativo obedece al obsesivo afán de configurar la topografía escurridiza de Comala: Se ata el Hades con la tierra, latifundio permanente que no será repartido al campesinado flaco de hambres, abyecta realidad que sublima y falsifica la política de ultratumba religiosa e ideológica [“Allá arriba un cielo azul y detrás de él tal vez haya canciones; tal vez mejores voces… Hay esperanza, en suma. Hay esperanza para nosotros, contra nuestro pesar” (Rulfo, 1985, p. 24)].

Esta locación imaginaria, como Macondo de García Márquez o Santa María de Onetti, es un pueblo de almas que continúan penando, puesto que significa el enclave de la traición a la Revolución Mexicana [Madero, Zapata y Villa]. Tiempo después, Carlos Fuentes, José Revueltas y Elena Poniatowska, cada quien a su manera, han reescrito la accidentada y agonística Historia de México.

Edición venezolana por la Biblioteca Ayacucho

Asimismo penan [y se velan el Día de los Muertos] el caballo de Zapata, Fray Servando Teresa de Mier, Vasconcelos, la Malinche, Tina Modotti y los 43 damnificados de Ayotzinapa, todos ellos apiñados en una tumba sin nombre.

Susan Sontag, quien escribió textos enternecedores sobre Borges y Machado de Assis, nos conversa sobre la Comala del presente y la Comala del pasado, anegadas por el genio lírico de Rulfo: “Páramo es la llanura árida, la tierra yerma”. Paisajística fantasmagórica universal en esencia, que vinculamos al Clarines recreado con la personalidad indiscutible de Alfredo Armas Alfonzo en ese mausoleo lingüístico y memorístico que es “El Osario de Dios”.

Contraportada de la edición de Biblioteca Ayacucho en su colección clásica

Comala se nos antoja también un emporio opresivo y ensimismado. Evoca el sacudón decepcionado de los aztecas con la llegada de los conquistadores españoles: la hiel abyecta, ladrona, homicida y paladina carente de frenos y gríngolas. Damiana Cisneros posee mucha razón cuando afirma que Comala es un pueblo lleno de ecos: “Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras” (Rulfo, 1985, p. 36).

La problemática histórica y social de la tenencia de la tierra da para todo tipo de cataclismos: El Plan Ayala y la infame traición vil del PRI de Salinas de Gortari y Peña Nieto como extremos del intervalo mexicano contemporáneo: “-Yo ni me le he acercado a ese señor. La tierra sigue siendo mía” (Rulfo, 1985, p. 39).

No obstante el drama humano subyacente en esta novela ejemplar y políticamente incorrecta, el humor es uno de sus puntos más altos: Tenemos, por ejemplo, el entremés de la novia robada con su ají picante e, inmediatamente después, el coloquio absurdo y delirante de un concubinato incestuoso que salpica al mismísimo Juan Preciado en su tumba a ras del suelo. O qué decir de Damasio, el Tilcuate, arquetipo satírico de la conversión política: villista ayer, carrancista más tarde y cristero después.

Las conversaciones entre los muertos, acomodados en sus tumbas, ¿acaso una fosa común o comunitaria?, emparenta la muerte física y en vida con los sueños benditos y malditos como el de la llorona de Comala: La lógica del cielo le destina a los hambrientos una estancia menos prolongada en El Purgatorio, siempre y cuando doblen con solemnidad la cerviz a los amos. Ya nos lo dice Dorotea: “Haz por pensar en cosas agradables porque vamos a estar mucho tiempo enterrados” (Rulfo, 1985, p. 52).

Este pueblo simula un erial a la buena de Dios y el Diablo, donde el coro de muertos intercambia entre sí murmullos y monólogos. Mosaico de la Parca en blanco y negro, tenemos el imperio de la tierra hecho oralidad campesina a campo traviesa como los desplazados o exiliados pintados por César Rengifo o Héctor Poleo. Por su pecado latifundista, el pueblo espectral sufrió la hiel y el empobrecimiento de sus tierras: su acidez y acritud aún envilecen toda simiente.

¿Sería Comala un juego múltiple de espejos en el que se refractan y coliden la vigilia, las ensoñaciones, las culpas mal curadas y las emboscadas que nos tiende la Historia?

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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