¿Que releer? (1): Cambio de Piel

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Cambio de Piel-Carlos Fuentes

¿Qué releer? (1): Cambio de Piel se refiere a esta magnífica novela de Carlos Fuentes de 1967, puntal de nuestra literatura. JCDN.

     Cambio de piel de Carlos Fuentes, acreedora del Premio Biblioteca Breve de la Editorial Seix Barral en 1967, es una novela fascinante muy a pesar de algunos detractores suyos.

Si bien el escritor español J. M. Caballero Bonald no oculta su entusiasmo por su discurso un tanto hermético que redunda en la “capacidad crítica para agredir el lenguaje, como él diría, para desmontarlo y volver a construirlo con un nuevo valor dialéctico” (Tola y Grieve, 1971, p. 57), para su colega y paisano Rafael Conte “es una gran novela frustrada” (Tola y Grieve, 1971, p. 111), juicio valorativo poco propicio con el que no nos identificamos.

Acompañamos al uruguayo Emir Rodríguez Monegal (2003), cuando la considera una propuesta que se regodea en los giros lúdicos, exploratorios y creativos del lenguaje, tal como la desarrolla su antecedente novelístico más cercano, la paradigmática Rayuela (1963) de Julio Cortázar.

Sin embargo, Rodríguez Monegal le manifiesta al mismo Fuentes una salvedad esencial: “Me parece que toda la primera parte abusa tal vez demasiado de los detalles del realismo concreto de cada situación y (…) al lector le cuesta bastante (…) llegar hasta el momento en que puede empezar a atar los subterráneos hilos de la historia” [Rodríguez Monegal, 1977, p. 127].

A lo que el autor le responde con una pregunta que connota la relación intrínseca de ambos bloques: la dificultad de lectura trae consigo el juego equívoco de la captación, no sólo de la novela sino de la realidad recreada.

La “espesura” novelística se desenvuelve en la sencillez de la anécdota: Dos parejas que viajan a Veracruz y hacen escala en Cholula para visitar pirámides aztecas antiguas. Además del intercambio de parejas en el adulterio con sus desajustes y reacomodos emocionales, tenemos la simultaneidad de planos temporales, históricos e historiográficos [la Conquista de México por Cortés, los campos de concentración nazis y el presente novelado previo al mayo francés y la matanza de Tlatelolco].

El Domingo de Resurrección de 1965 supone un contexto de desilusión ideológica y estética adosado a un alienante culto funerario. Por tal razón, las perspectivas intermitentes de tercera, primera y segunda personas se yuxtaponen e identifican en la empatía y la repulsión: No se trata de pontificar ni de establecer coordenadas políticamente correctas, sino de exponer con crudeza el desamparo y la escisión de la humanidad mestiza.

El viaje remeda las road movies para hacer un registro polifónico de la búsqueda interior [¿o condena prometeica?] del Narrador y las duplas Elizabeth, la gringa / Javier, el escritor mexicano e Isabel, la jovencísima mexicana/ Franz, el arquitecto checo. Claro está, el instrumento no es el peyote ni la ensoñación mística: El carro se nos aparece como una catedral móvil del siglo XX, valga la alusión a Roland Barthes.

La interacción endógena y exógena de las parejas contrapone el centro con la periferia: La problemática del mestizaje, encarnado en La Malinche o en el Inca Garcilaso de la Vega, se astilla sin soluciones de continuidad en el síndrome del Doctor Jekill y Míster Hyde.

El Doble o döppelganger no es una revisita inútil ni culterana del romanticismo europeo, por el contrario, revela la precariedad de los puntos de vista que entenebrecen la mirada intervenida por los poderes fácticos de turno [el discurso y la praxis tanto del mantuano como del salvaje].

Por ejemplo, la obsesión culterana de algunos personajes apunta a parodiar, caricaturizar y desmontar la disfuncionalidad de la clase media o pequeña burguesía latinoamericana.

No se puede capturar ni pulsar la esencia contingente y paradójica de la hermenéutica histórica con el distractor ideológico, sociológico o cultural que adorna todo discurso academicista, sino en visualizar su influjo complejo y multilateral en la cotidianidad a secas.

A estas alturas, se comprende que la reivindicación de la industria cultural, el mal gusto, el camp, el pop art y la cultura popular, operan no sólo como señalización del mapa mestizo de su tiempo, sino también en tanto motivo de cuestionamiento al academicismo.

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Los hitos técnicos de la novela posibilitan bucear en la ficción y la realidad recreada con placer y pertinencia, no obstante su hermetismo aparente: La enumeración caótica en la respiración entrecortada de la voz narrativa, la anarquía cronológica, el detallismo hiperrealista que roza el morbo y la desmitificadora de-construcción del discurso literario.

He aquí la esencia de esta proverbial proposición indecorosa: “Imposible vencer esa realidad fragmentada creando su equivalente literario. ¿Para qué? Si la fragmentación real ya existe sin necesidad de la literatura” (Fuentes, 1984, pp. 194-195).

¿No les parece que es una de las mejores aproximaciones a la vinculación dinámica e intensa de la literatura con la vida? Por supuesto, no se puede echar de menos el erotismo, la cualidad amorosa y ontológica de su corpus imbuido en la carnalidad plena.

Evocamos el diálogo de sobremesa que exhibe la alta sensualidad inicial del emparejamiento entre Elizabeth y Javier en el episodio griego, destacando frases breves que funcionan como catalizadores en verso del texto en prosa: “Ninfas y sirenas y oídos sellados para no escuchar el canto y la tentación del mar” (Fuentes, 1984, p. 76).

O el episodio argentino y voyerista en el que ellos mismos devoran y se apropian de la judía del edificio de enfrente, toda una delicia concupiscente: “Miriam la muchacha de enfrente, una hebrea de orgasmos negros, casada, entretenida, viuda, soltera. El descubrimiento de América. Bullshit” (Fuentes, 1984, p. 149).

Qué decir del pasaje en el que Javier y Elizabeth se sinceran, escarnecen y hieren, dada la fragilidad y decadencia de su vínculo marital. El Edén portátil, rebasado por el miedo, los complejos y las frustraciones se desmorona inevitablemente.

En otras palabras, el conocimiento depredador entre caníbales revela qué tan corroídos y resecos se encontraban, ello en el marco del sexo libertino y desesperado que busca rescatar días más placenteros: “y allí se mezclan y se besan y se unen y estallan las dos leches y cuando caes vencida, boca abajo, él te vuelca y te rasga” (Fuentes, 1984, p. 320), de donde el narrador se proyecta como tercero en discordia, testigo impertinente que se masturba con su voz nerviosa y acelerada.

Cambio de Piel

El revisionismo cultural occidental, con sus referentes notables y razonamientos apóstatas, remiten al lector a confrontar con la ortodoxia, los dogmas religiosos e ideológicos, además del ejercicio pervertido de la política como síntoma de las revoluciones traicionadas.

Se mide la resistencia lectora y escritural en este Maratón novelístico que, por ejemplo, emparenta “El Gran Inquisidor” de Dostoievsky con el afán confesional y militante de “Mi Vida” de Trotsky: “ponte a rumiar que la política es el estudio de las luchas humanas por el poder relativo, no por la organización final idealista y que gobernar consiste en mantener a los sujetos sujetados para que no ofendan tu poder” (Fuentes, 1984, p. 285).

Por otra parte, mucho antes del Juicio Finisecular de la trama que derrumba la pirámide azteca matando a Elizabeth y a Franz, nos topamos con dos personajes de Carlos Fuentes en un sarao bestial de las clases acomodadas: Además del funcionario sobreviviente que es Javier, tenemos a Jaime Ceballos [el conformista a conciencia de la novela “Las buenas conciencias”] y Artemio Cruz [el traidor por naturaleza de la Revolución de Zapata, Villa y Cárdenas].

Incluso, el Narrador se sirve de “Rayuela” como almohadón de plumas, evadiendo o, mejor aún, reconociendo su influencia lúdica y anti-didáctica en un guiño entre compadres y camaradas: “Apoyé la cabeza contra el ejemplar de Rayuela que uso como almohada y le dije entonces vamos a invertir los papeles. Yo, como buen intelectual –ja, ja- latinoamericano, sólo sé hacer afirmaciones grandilocuentes!!!” (Fuentes, 1984, p. 377).

La impostura no se dirige al parricidio ruidoso de la novela-padre, sino al apuntalamiento de las afinidades electivas de la mafia que integró Carlos Fuentes junto a Cortázar, Donoso y Vargas Llosa.

Al igual que el texto alucinógeno y apocalíptico posterior a la destrucción de la pirámide, tanto los personajes como el autor y sus lectores cómplices son procesados en el juicio kafkiano y amañado de esta novela magistral que juega a la impostura estrambótica de la literatura apócrifa.

BIBLIOGRAFÍA

Fuentes, Carlos (1984). Cambio de piel. Bogotá: Oveja Negra-Seix Barral.

José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC                            

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